En esta semana en la que recordamos lo que nunca deberíamos olvidar todo el año van tres poemas que escribí como homenaje a mi madre y a la madre de mis hijos. Cómo no admirar a las mujeres si tengo la gran suerte de tener una buena madre, una buena esposa, una buena hija y una buena hermana.
Dos veces
por Guillermo Rose
Ahora que ya es de noche,
y que todos se han dormido,
quisiera yo hablar contigo
seriamente,
y de hombre a hombre.
Ven acá inmediatamente,
que estoy molesto te digo,
porque hace un rato te he oído
fuerte a tu abuela gritarle.
Y antes que más me moleste,
bien que bajes la cabeza,
ya que nada que tú hicieras
puede hacerme hervir la sangre
que tú, que eres hijo mío,
a tu abuela tú le faltes.
Que tu abuela fue valiente.
Que tu abuela trabajaba,
que mantenía esta casa,
y a sobrinos de pasada.
Que en Navidad, los regalos,
no solo a mí,
sino a todos,
fueran o no sus ahijados.
Que si el Carlos está enfermo,
'ay tía, ¿qué es lo que hacemos?'
Que me he quedao sin trabajo.
'Acá tienes de momento,
veremos como arreglamos'.
Y para todos había
cuando era joven la abuela.
Y yo, que era como tú,
crecía sin darme cuenta
de la suerte que tenía.
No sólo a mí me cuidaba
sino también a su madre.
Y nada a mí me faltaba
para poder educarme.
Así es que gracias a ella
yo señor, tengo carrera,
y usted, jovencito mío,
tiene un padre de primera.
Así que escucha una cosa
que no quiero repetirte.
Que a mi madre no la faltes,
que es tu abuela
y que te adora
y que le tengas paciencia,
que ya cumplió la señora.
Y escúchalo de tu padre.
Que cuando a ella tú le hables
sea para gracias darle
porqué ella por ser tu abuela,
y si no te has dado cuenta,
es cual dos veces tu madre.
Mi pequeña
por Guillermo Rose
Qué pasó con la pequeña
que hasta hace poco jugaba
con esas flores tan tersas
por unas calles lejanas.
Y qué pasó con tus besos
tan frecuentes y tan suaves,
que con cariño tan tierno
con tu inocencia nos dabas.
Qué fue de aquellas preguntas
con los ojos tan inmensos
cuando ansiosa interrogabas
sin descansar un momento.
Qué fue de esos malos sueños
que en las noches de fantasmas
requerían mi consuelo
para volver a tu cama.
Lejanas noches de luna
de interminable tormento
en que fiebre y sufrimiento
mecían tu blanca cuna.
Qué fue de aquella niñita
que tenía miedo al agua
que en la orilla titubeaba
mientras con ella no entrara.
Que fugaz cuando pequeña
con velo y vestido blanco
fuiste a la iglesia llevando,
misal, mi rosario y vela.
Ahora ya no eres la misma,
te estás volviendo mujer
y parece se te olvida
la niña que fuiste ayer.
Resulta que no sé nada,
se acabó tu admiración.
Fui admirada, y ahora soy ignorante e ignorada.
Nunca tengo la razón.
Te molesta cualquier cosa
que haga o diga cerca a ti.
Que si el color de esa rosa,
que si esto no se hace así,
que nadie te entiende acá,
que quieres llegar mas tarde,
que anhelas más libertad,
que deje de fastidiarte.
Por último, sin aviso
trajiste la vez pasada
a un muchacho del colegio
de quien no sabemos nada.
Dices que es tu enamorado,
no me pediste permiso.
Pero ¿es que yo ya no existo
porque estás enamorada?
¡Ah! Disculpa,
me olvidaba
que aquella niña pequeña
que hasta hace poco jugaba
con unas flores tan tersas
por esas calles lejanas,
se fue sin decir palabra
al cumplir sus quince abriles,
y es ahora reemplazada
por una mujer hermosa,
independiente, agraciada,
que para mí, haga lo que haga,
sigue siendo aquella niña
que en las noches se asustaba,
que en mi puerta preguntaba
"¿Puedo pasarme a tu cama?"
Es que yo me he dado cuenta
mujer de mirada altiva,
que en tus ojos tan profundos
vive esa niña cautiva
que en las noches de fantasmas
aún requiere mi consuelo.
Pues te cuadre o no te cuadre,
en buena o mala fortuna,
tú, niña, muy bien lo sabes,
sólo puedes confiar en una,
una que soy yo, tu madre.
Se va la niña
por Guillermo Rose
Se va la niña,
se va,
no hay fuerza que la detenga
y en ese irse se lleva
nuestra alma con sus maletas.
Se va la niña,
se va,
la niña del pelo negro,
la de los ojos de luz
y la mirada de ensueño.
Se va con su risa pura
a ganar el mundo entero
con su furia,
con su empeño
y en sus manos, terciopelo.
Si ayer nomás discutía
la niña del pelo negro
de los problemas del mundo,
queriendo solucionarlos
con migajas de alegría.
Y ahora que se está yendo
a sus propios desayunos
buscando caminos nuevos,
me voy sintiendo tan viejo
preocupado y sin aliento,
pretendiendo que me lleve
con ella en sus pensamientos,
y que me miren de nuevo
sus ojos de luz tan bellos.
Ruego que cuando se duerma
con la luz y el libro abierto
la bese alguien con ternura
su descanso protegiendo.
Vuela libre,
vuela al viento,
niña de mis pensamientos.
Y regresa pronto a casa
que aquí te esperan tus sueños.
Y regresa pronto a casa
que aquí te esperan
tus viejos.
* * *
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