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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 10/Dic/2007


Un lindo viaje
Capítulo 1
Por el Callao a la Hora del Diablo

- ¿Cuánto tiempo vas a estar en Lima? me preguntó por teléfono mi primo Ricardo Latrafé, desde su casa en Fort Lauderdale, Florida.

- Un par de semanas.

- Aaaaah…

- Vamos a un matrimonio, de una sobrina de la Bebe, va a ser en la iglesia de Santo Domingo.

- ¿En el centro?

- Ajá.

- Oe, ten mucho cuidado en Lima.

- ¿De qué?

- ¿Hace cuánto que no vas?

- Dos años

- Ah, es que el crimen se ha incrementado mucho, hay muchos asaltos, cogoteos, secuestros.

- Bueno, ya hablamos cuando regrese, o sea, si es que regreso vivo.

- Okay, saludos a Charles Aznavour si lo ves - refiriéndose al primo Peppe, que le decimos Aznavour porque es bajito, narizón y feo. El paso de Pepe a Peppe se produjo cuando Pepe se enteró que por ser nieto de italiano, podía reclamar la cuesta ciudadanía, gracias a su abuelo don Lanfranco Pomodoro, quien había emigrado al Perú en la época de Sánchez Cerro y se había hecho famoso en la segunda cuadra de Arnaldo Márquez, en Jesús María, por su cuesto pan francés y por unos cachitos de mantequilla de los que los viejos hablan hasta ahora.

- Okay; colgué preocupado por la advertencia, ya que entre la edad y el sobrepeso, que me han hecho casi perder mis reflejos de karateka y los últimos problemas de equilibrio de mi señora, la Bebe que tiene no se sabe qué problema en el oído izquierdo, podríamos ser presa fácil de los cogoteadores y, peor aún, de los pishtacos, personajes que desde la época del Virreinato, secuestran a gorditos, ¡para matarlos y extraer su grasita la que se usa como aceite de freír Cocinero! Se sabe que esta grasa así extraída también sirve para fabricar remedios, o se usa en la manufactura de campanas que suenan mejor y se oyen desde más lejos. En septiembre de 1987 llegó a Ayacucho el infame rumor de que el, en ese entonces y a tiempo de escribir este artículo, presidente Alan García, habría decidido convertir esa región en una especie de coto de presas humanas para pagar, con la grasa de ahí extraída, la deuda externa.

Menos mal que más es lo que a uno lo asustan que lo que realmente pasa. Durante el viaje que duró doce días, circulamos a pie y manejando, por el centro de Lima, por Jesús Maria, La Punta, el Callao, Lince, San Isidro, y Miraflores. Y en todo ese tiempo, gracias a mi Ángel de la Guarda que siempre viaja con nosotros, no nos han asaltado, ajochado ni siquiera asustado. Así que no pasó nada.

Sin embargo, ya desde antes de viajar estaba yo recontra preocupado por la hora de llegada y salida del Air Canada, debido a la ubicación del aeropuerto. Es que nuestra monopólica aerolínea, siempre pensando cómo fregar al publico latinoamericano, ha decidido desde hace un tiempo programar que sus vuelos directos Toronto-Lima-Toronto lleguen a Lima y salgan de Lima a una horas horribles. Dicen que las tres de la mañana es la Hora del Diablo. Esta idea se basa en que Cristo murió en la cruz a las tres de la tarde, y la hora del reloj más alejada de esa hora - de la Hora de Dios- es las tres de la mañana. Los genios de Air Canada, que deben querer mucho a los que viajamos a Lima, han programado su vuelo directo a la tres veces coronada villa para que llegue ¡a veinte para las tres de la mañana!, y que el avión de regreso a Toronto salga ¡a las cuatro y cuarto de la madrugada!

Para los lectores que no son limeños o chalacos, tengo que contarles que el aeropuerto internacional Jorge Chávez, queda en el Callao y para llegar a dicho aeropuerto, hay que pasar por zonas, por decirlo de una manera elegante, como para cagarse de miedo. El Callao, lugar donde, dicho sea de paso, tengo entrañables amigos y parientes políticos, es el principal puerto del Perú, uno de los más importantes de Sudamérica. Como muchos puertos capitales, alberga todo tipo de personas, algunas de ellas de mal vivir. Es famosa el área llamada “Los barracones” donde la policía entra solamente cuando la orden viene del Ministro del Interior, y se juntan unos quinientos sufridos policías en operativos especiales, y esto es, después de haber rezado unas diez veces a todo pulmón la oración pre-barracones de la Policía Nacional del Perú: “Niño Jesucito, manso corderito. Haz tu cunita, en mi corazoncito. Cuida a mi mamita. Cuida a mi papito, a mis compañeritos y a mi capitancito. Amén”, ante la presencia del Capellán de la Policía, quien para el efecto se pone su uniforme de combate, como quien está por bendecir a los soldados antes de una difícil batalla. El Ministro del Interior, que viene a ser el dueño de la Policía, no va por ahí ni así se lo ordene el Presidente porque si va, lo hacen pomada en plena vía pública, logrando lo que muchos congresistas han tratado pero no han conseguido, o sea deshacerse de él y que sufra en el proceso.

Entonces, genios de Air Canada, la pregunta es: ¿es pura casualidad o es a la mala que ustedes quieren que los señores pasajeros y las señoras y señoritas pasajeras tengan que pasar por el Callao para ir y salir del aeropuerto entre las dos y las cuatro de la madrugada? ¿No es verdad que las tripulaciones de ustedes tienen que hacer dicho tramo en camionetas blindadas, manejadas por choferes que han sido comandos del ejército peruano, expertos en lucha armada antisubversiva? En cambio el pasajero común y silvestre tiene que contratar a la gente de la empresa Taxi Suicida -los de Taxi Seguro no quieren pasar por ahí a esa hora- para que los lleven y los traigan al Aeropuerto Internacional del Callao. ¡Qué vergüenza! Pondría yo a un par de ejecutivos del aeromonopolio a esperar un taxi en plena avenida Buenos Aires del Callao, bien a la colonia, con sus camisas bien limpiecitas y planchadas y sus blue jeans de marca bien apretaditos, golpe de 2 a 2 y media de la madrugada por unos 15 minutos, para que sepan lo que es circular por nuestro querido puerto a esas horas.

Debo decir, que pese a lo riesgoso de tal maniobra, más peligrosa que el aterrizaje y despegue de un avión, llegamos y salimos del aeropuerto rumbo a Miraflores, sin incidente. Claro que nos trajo y llevó mi sobrino Pochito que maneja una Ford Ranger 2007 que incluye carrocería blindada, lunas a prueba de balas de bazooka, su respectivo radio satélite SIRIUS y un sistema de música que es compatible con MP3, además de portar el único GPS que funciona en el Perú, o sea, pues, la patada a la luna. Claro que se pasó todos los semáforos, sin fijarse en el color de las luces. El otro factor favorable importante es que la mayoría de los rateros están durmiendo a esa hora de la madrugada, tomando un merecido descanso luego de un ocupado día de asaltos.

El vuelo de ida tuvo el inconveniente de tenernos ocho horas consecutivas en unos asientos que parecen jaulas para perros ya que no se podía ni estirar las piernas y cada vez que uno quiere pararse para ir al baño, que para mala suerte siempre anda ocupado, tiene uno que agarrarse de la cabecera del asiento de adelante con las dos manos, situación en la que a menudo le jala uno los pelos a la gorda que se ha sentado ahí, con las consiguientes requintadas y disculpas correspondientes. Además en el baño tampoco se puede uno estirar porque es como meterse en una cajita de fósforos, sin mencionar lo espantoso que es escuchar el ruido que hace la vaina esa al jalar la cadena, que parece que el toilet lo va a absorber a uno sin compasión y lo va a expeler al vacío con pichi y todo . No te digo nada si en ese momento feliz se produce una turbulencia feroz, no quiero ni pensar en lo que puede ocurrir.

En el vuelo de regreso nos tocaron mejores asientos, ya que noté que no nos golpeamos ni una vez la frente con la bandejita de la comida, y me podía poner y quitar el cinturón de seguridad sin paletear al vecino, un flaquito con cara de estreñido. Esta comodidad se debió a que al regreso nos tocó otro tipo de avión en el que nos vinimos bailando El Dengue del Amor gracias a las rejodidas turbulencias, que nos hicieron recordar nuestros tiempos de colegio católico cuando veíamos bailar por TV a la Daisy Guzmán, la bailarina que llevó la orquesta de Dámaso Pérez Prado a Lima, con sus correspondientes piernazas y un totorrete predecesor del de la Jennifer López, y al domingo siguiente nos confesábamos por los malos pensamientos, ante la posibilidad concreta y vívida de que en el Juicio Final nos fueran a condenar al crujir de los huesos, el tiritar de los dientes y al fuego eterno.

Aparte de esto, el viaje fue lindo. Continuaremos en otro capítulo.


* * *




Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com

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