|
Un lindo viaje
Capítulo 1
Por el Callao a la Hora del Diablo
- ¿Cuánto tiempo vas a estar en Lima? me preguntó por teléfono
mi primo Ricardo Latrafé, desde su casa en Fort Lauderdale, Florida.
- Un par de semanas.
- Aaaaah…
- Vamos a un matrimonio, de una sobrina de la Bebe, va a ser en
la iglesia de Santo Domingo.
- ¿En el centro?
- Ajá.
- Oe, ten mucho cuidado en Lima.
- ¿De qué?
- ¿Hace cuánto que no vas?
- Dos años
- Ah, es que el crimen se ha incrementado mucho, hay muchos
asaltos, cogoteos, secuestros.
- Bueno, ya hablamos cuando regrese, o sea, si es que regreso
vivo.
- Okay, saludos a Charles Aznavour si lo ves - refiriéndose al
primo Peppe, que le decimos Aznavour porque es bajito, narizón y feo. El
paso de Pepe a Peppe se produjo cuando Pepe se enteró que por ser nieto de
italiano, podía reclamar la cuesta ciudadanía, gracias a su abuelo don
Lanfranco Pomodoro, quien había emigrado al Perú en la época de Sánchez
Cerro y se había hecho famoso en la segunda cuadra de Arnaldo Márquez, en
Jesús María, por su cuesto pan francés y por unos cachitos de mantequilla de
los que los viejos hablan hasta ahora.
- Okay; colgué preocupado por la advertencia, ya que entre la
edad y el sobrepeso, que me han hecho casi perder mis reflejos de karateka y
los últimos problemas de equilibrio de mi señora, la Bebe que tiene no se
sabe qué problema en el oído izquierdo, podríamos ser presa fácil de los
cogoteadores y, peor aún, de los pishtacos, personajes que desde la época
del Virreinato, secuestran a gorditos, ¡para matarlos y extraer su grasita
la que se usa como aceite de freír Cocinero! Se sabe que esta grasa así
extraída también sirve para fabricar remedios, o se usa en la manufactura
de campanas que suenan mejor y se oyen desde más lejos. En septiembre de 1987
llegó a Ayacucho el infame rumor de que el, en ese entonces y a tiempo de
escribir este artículo, presidente Alan García, habría decidido convertir
esa región en una especie de coto de presas humanas para pagar, con la grasa
de ahí extraída, la deuda externa.
Menos mal que más es lo que a uno lo asustan que lo que
realmente pasa. Durante el viaje que duró doce días, circulamos a pie y
manejando, por el centro de Lima, por Jesús Maria, La Punta, el Callao,
Lince, San Isidro, y Miraflores. Y en todo ese tiempo, gracias a mi Ángel de
la Guarda que siempre viaja con nosotros, no nos han asaltado, ajochado ni
siquiera asustado. Así que no pasó nada.
Sin embargo, ya desde antes de viajar estaba yo recontra
preocupado por la hora de llegada y salida del Air Canada, debido a la
ubicación del aeropuerto. Es que nuestra monopólica aerolínea, siempre
pensando cómo fregar al publico latinoamericano, ha decidido desde hace un
tiempo programar que sus vuelos directos Toronto-Lima-Toronto lleguen a Lima
y salgan de Lima a una horas horribles. Dicen que las tres de la mañana es
la Hora del Diablo. Esta idea se basa en que Cristo murió en la cruz a las
tres de la tarde, y la hora del reloj más alejada de esa hora - de la Hora de
Dios- es las tres de la mañana. Los genios de Air Canada, que deben querer
mucho a los que viajamos a Lima, han programado su vuelo directo a la tres
veces coronada villa para que llegue ¡a veinte para las tres de la mañana!,
y que el avión de regreso a Toronto salga ¡a las cuatro y cuarto de la
madrugada!
Para los lectores que no son limeños o chalacos, tengo que
contarles que el aeropuerto internacional Jorge Chávez, queda en el Callao y
para llegar a dicho aeropuerto, hay que pasar por zonas, por decirlo de una
manera elegante, como para cagarse de miedo. El Callao, lugar donde, dicho
sea de paso, tengo entrañables amigos y parientes políticos, es el principal
puerto del Perú, uno de los más importantes de Sudamérica. Como muchos
puertos capitales, alberga todo tipo de personas, algunas de ellas de mal
vivir. Es famosa el área llamada “Los barracones” donde la policía entra
solamente cuando la orden viene del Ministro del Interior, y se juntan unos
quinientos sufridos policías en operativos especiales, y esto es, después
de haber rezado unas diez veces a todo pulmón la oración pre-barracones de
la Policía Nacional del Perú: “Niño Jesucito, manso corderito. Haz tu
cunita, en mi corazoncito. Cuida a mi mamita. Cuida a mi papito, a mis
compañeritos y a mi capitancito. Amén”, ante la presencia del Capellán de la
Policía, quien para el efecto se pone su uniforme de combate, como quien
está por bendecir a los soldados antes de una difícil batalla. El Ministro
del Interior, que viene a ser el dueño de la Policía, no va por ahí ni así
se lo ordene el Presidente porque si va, lo hacen pomada en plena vía
pública, logrando lo que muchos congresistas han tratado pero no han
conseguido, o sea deshacerse de él y que sufra en el proceso.
Entonces, genios de Air Canada, la pregunta es: ¿es pura
casualidad o es a la mala que ustedes quieren que los señores pasajeros y
las señoras y señoritas pasajeras tengan que pasar por el Callao para ir y
salir del aeropuerto entre las dos y las cuatro de la madrugada? ¿No es
verdad que las tripulaciones de ustedes tienen que hacer dicho tramo en
camionetas blindadas, manejadas por choferes que han sido comandos del
ejército peruano, expertos en lucha armada antisubversiva? En cambio el
pasajero común y silvestre tiene que contratar a la gente de la empresa Taxi
Suicida -los de Taxi Seguro no quieren pasar por ahí a esa hora- para que
los lleven y los traigan al Aeropuerto Internacional del Callao. ¡Qué
vergüenza! Pondría yo a un par de ejecutivos del aeromonopolio a esperar un
taxi en plena avenida Buenos Aires del Callao, bien a la colonia, con sus
camisas bien limpiecitas y planchadas y sus blue jeans de marca bien
apretaditos, golpe de 2 a 2 y media de la madrugada por unos 15 minutos,
para que sepan lo que es circular por nuestro querido puerto a esas horas.
Debo decir, que pese a lo riesgoso de tal maniobra, más
peligrosa que el aterrizaje y despegue de un avión, llegamos y salimos del
aeropuerto rumbo a Miraflores, sin incidente. Claro que nos trajo y llevó mi
sobrino Pochito que maneja una Ford Ranger 2007 que incluye carrocería
blindada, lunas a prueba de balas de bazooka, su respectivo radio satélite
SIRIUS y un sistema de música que es compatible con MP3, además de portar el
único GPS que funciona en el Perú, o sea, pues, la patada a la luna. Claro
que se pasó todos los semáforos, sin fijarse en el color de las luces. El
otro factor favorable importante es que la mayoría de los rateros están
durmiendo a esa hora de la madrugada, tomando un merecido descanso luego de
un ocupado día de asaltos.
El vuelo de ida tuvo el inconveniente de tenernos ocho horas
consecutivas en unos asientos que parecen jaulas para perros ya que no se
podía ni estirar las piernas y cada vez que uno quiere pararse para ir al
baño, que para mala suerte siempre anda ocupado, tiene uno que agarrarse de
la cabecera del asiento de adelante con las dos manos, situación en la que a
menudo le jala uno los pelos a la gorda que se ha sentado ahí, con las
consiguientes requintadas y disculpas correspondientes. Además en el baño
tampoco se puede uno estirar porque es como meterse en una cajita de
fósforos, sin mencionar lo espantoso que es escuchar el ruido que hace la
vaina esa al jalar la cadena, que parece que el toilet lo va a absorber a
uno sin compasión y lo va a expeler al vacío con pichi y todo . No te digo
nada si en ese momento feliz se produce una turbulencia feroz, no quiero ni
pensar en lo que puede ocurrir.
En el vuelo de regreso nos tocaron mejores asientos, ya que noté
que no nos golpeamos ni una vez la frente con la bandejita de la comida, y
me podía poner y quitar el cinturón de seguridad sin paletear al vecino, un
flaquito con cara de estreñido. Esta comodidad se debió a que al regreso nos
tocó otro tipo de avión en el que nos vinimos bailando El Dengue del Amor
gracias a las rejodidas turbulencias, que nos hicieron recordar nuestros
tiempos de colegio católico cuando veíamos bailar por TV a la Daisy Guzmán,
la bailarina que llevó la orquesta de Dámaso Pérez Prado a Lima, con sus
correspondientes piernazas y un totorrete predecesor del de la Jennifer
López, y al domingo siguiente nos confesábamos por los malos pensamientos,
ante la posibilidad concreta y vívida de que en el Juicio Final nos fueran a
condenar al crujir de los huesos, el tiritar de los dientes y al fuego
eterno.
Aparte de esto, el viaje fue lindo. Continuaremos en otro
capítulo.
* * *
Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
|