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La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 4/Sep/2007


No parecen sesenta

Acabo de cumplir sesenta años de edad, lo que me coloca en la categoría de sexagenario, lo que a mí me suena como a centenario. Primero que nada doy gracias a mi mami, sin cuyo desinterés y colaboración no hubiera estado por aquí, por esta bola de mar y tierra. Está bien llegar a esta edad, sobre todo teniendo en cuenta la cantidad de gente que lamentablemente se ha quedado en el camino y nos han dejado mucho más jóvenes.

Lo malo es que las cosas han cambiado mucho para mí.

Me olvido de todo. Me recomendaron que tomara Ginkgo Biloba para mejorar la memoria, pero me olvidaba de comprar la pastilla. Hasta que me acordé y la compré pero me olvido de tomarla. O sea que esto de la memoria no tiene arreglo, porque si uno se acuerda de tomar las pastillas para la memoria quiere decir que no las necesita.

Ahora he adquirido dos costumbres: Mascar chicle y bostezar. Se me ha dado por masticar chicle todo el día. Parezco Mr. Clorets, mi aliento debe ser de ensueño. Y bostezo en prácticamente cualquier situación en que me encuentre, por más entretenida que parezca: cuando manejo, cuando dejo de manejar, cuando veo TV, cuando no veo TV, cuando trabajo y cuando no trabajo. Lo peor es que con la cantidad de chicle que mastico todo el día, ahora lo que me pasa es que a veces se me cae el chicle de la boca cuando bostezo, situación por demás bochornosa y propia más bien de viejecitos. Las cosas que antes jamás se me escapaban de las manos ahora han tomado vida propia, con lo que ando derramando vasos de cerveza, tazas de café y copas de vino por todas partes. Y cada cosa que quiero agarrar termina en el suelo entre mis  lisuras de impotencia. He decidido que los únicos tallarines que debo comer son los tallarines saltados o los tallarines con mantequilla, porque cada vez que como tallarines al tuco me mancho de rojo y cuando como tallarines al pesto me mancho de verde.  

Viendo las noticias del Perú, de por sí deprimentes, me doy cuenta de lo viejo que estoy. La vez pasada dijo la narradora: “El anciano fue ultimado a golpes por los delincuentes. Efectivamente Brian Mamani, el anciano de 56 años…”

Hemos llegado a una situación en que me presentan a alguien y la persona automáticamente me trata de usted y me dice “Mucho gusto, señor”. “Señor”, me dice la mujer que debe tener unos cuarentaitantos años.

Toda la ropa que tenía hace unos cinco años se ha encogido, ya todo me queda ajustado. Mi camiseta del Perú que me quedaba bien y que me compré en Lima en el año 2000, ahora cuando me la pongo parece ombliguera. Las camisas me quedan con los botones que parecen sentirse al borde de un precipicio. Y no sé porque se me ha ido subiendo el nivel donde me quedaba la correa. De muchacho me quedaba a cuatro  dedos por debajo del ombligo, ahora ha subido hasta un dedo por encima. Horrible. 

En las mañanas luego de afeitarme me echaba mi agua de colonia “Eau Savage”, Agua Salvaje, lo que estaba de acuerdo con mi temperamento conquistador y desalmado. En cambio ahora, en vez de Agua Salvaje, me tengo que untar varios centímetros cúbicos de hidrocortisona al 1% que es muy buena para la sequedad de la cara, y evita que uno se ande rascando la cara como monito de organillero. Encima he pasado del desodorante de bolita a mi talquito Gold Bond, el que me proporciona una sensación de seguridad y dignidad que me dura todo el día. Y que decir de la cantidad de lunares que han aparecido en mis manos, cara y otras partes del cuerpo, desde unos que parecen pequeños volcanes hasta otros que parecen bolitas de moco. Mi mano derecha parece el mapa orográfico del Perú. Odible.

Antes cuando retrocedía el carro podía voltear la cabeza como la chica del Exorcista, ahora cada vez que retrocedo tengo que prácticamente voltear todo el cuerpo a la derecha para poder ver atrás y ni aún así puedo ver bien.

Antes me dormía profundamente luego de hacer el amor, ahora me duermo profundamente un nanosegundo después de poner la cabeza en la almohada. Lo peor es que a veces me tomo un café golpe de diez de la noche, para no dormirme, con la idea de cumplir con este placentero deber conyugal, pero lo que me pasa en esos casos es que me olvido para qué diablos me he quedado despierto y me paso la noche en vela con cara de interrogación y un insomnio de la repipeta.

Pero hablando en serio, a estas alturas del partido he descubierto que lo único que importa, la genuina y simple fórmula de la felicidad es tener cerca de uno a las personas que uno quiere y a las que lo quieren a uno. Por eso estoy muy feliz, ya que en la semana de mi cumpleaños he tenido cerca de mí, a mi señora, a mi mamá, a mis dos hijos, a mi hermana y a muchas amigas y amigos muy queridos, muy cercanos.

¡De nuevo y a acomodarse!


* * *




Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com

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