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La nacionalidad temporal
Estuve siguiendo la Copa América con pasión, ansiedad y alto grado de desesperación, hasta una semana antes de la gran final. Lamentablemente, otra ilusión perdida y un choque con la realidad futbolística peruana me cachetearon de manera inmisericorde. Ya me lo había pronosticado mi señora y ya me lo había preguntado mi mamá con su suavidad de viejecita.
- ¿Para que quieres ver el partido con la Argentina, si al Perú le van a meter una pateadura?
No les hice caso, por enésima vez. Seguro del milagro que se avecinaba, terminé de comer apurado, me puse mi camiseta del Perú, que ya me queda bien ajustada, reventando, ya que se ha encogido mucho con los años, tanto que parece ombliguera, me serví una cervecita bien helada, recé la oración que me acompaña en esos momentos difíciles, “Niño Jesucito, no seas malito, no me desampares, ni a mí ni a mi Perucito”, prendí mi televisor gigante de cincuentaitantas pulgadas que me permite incluso hacer uno que otro pase si me acerco bastante a la pantalla y con mi rosario en la izquierda y un vaso de cerveza en la derecha, me puse a ver el partido Perú-Argentina.
Cuando en el segundo tiempo íbamos perdiendo dos a cero, mi dolido ego peruano no pudo resistir más ni el baile ni la despiadada desesperación de los argentinos por meternos más goles, y viendo como nos hacían pomada, dejé de ver el partido, me fui al sótano a ver si había llegado algún correo electrónico interesante, como esas cadenas sobre la cantidad de plata que hay en Dubai, o la cursi formula de la amistad, o la falsa nota de que el Gabo se muere ahorita. No le podía echar la culpa al árbitro, ni a algún expulsado, ni a la lluvia, ni al frío, ni al calor, ni al público, ni a la gradiente de la cancha, ni a Hugo Chávez, ni a que el arco argentino fuera chiquitito y el nuestro grandazo, ni a la altura, ni a la comida en la concentración, ni a la rejodida revolución bolivariana.
Regresé al rato calculando que ya se hubiera terminado el partido, observando -¡oh cruda realidad! -que el marcador final era cuatro a cero. Por un instante pensé no ver el resto de la Copa, pero después cambié de idea.
Esta experiencia penosa y deprimente para el orgullo nacional personal mío me ha hecho recordar una idea que tengo desde hace mucho tiempo: la de la nacionalidad temporal.
Es un concepto por el cual, antes de un campeonato de fútbol internacional, uno puede adoptar temporalmente la nacionalidad que uno escoja de cualquiera de los países que participan y cambiarse de nacionalidad si el nuevo país de uno pierde. El mundial de 2000 ya puse en práctica esta genial idea, adoptando la nacionalidad brasileña hasta que terminó el Mundial. Me compré dos camisetas de Brasil, una baratita y otra muy elegante, todavía las tengo para cuando se estiren, compré e instalé en la ventana de mi carro una banderita brasilera con la cual anduve circulando orgulloso por toda la ciudad ante las miradas asesinas de italianos y de otros que mejor no mencionar. Gocé cada partido que jugó Brasil, y tuve un vacilón casi orgásmico en la final cuando ganamos el campeonato y ¡los brasileños nos convertimos nuevamente en campeones mundiales!
Para esta Copa América hubiera debido adoptar nuevamente la nacionalidad brasileña, sin remordimiento alguno hasta el fin del campeonato y luego retomar la peruana en cuanto nombraron a Machu Picchu una de las nuevas Siete Maravillas del Mundo, claro hasta que comience a sufrir durante las eliminatorias para el próximo Mundial.
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Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
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