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El ritmo sabrosón del centro de Toronto
Después de varios años de trabajar en el ‘uptown’, o sea inmediatamente al norte del centro de Toronto, en una zona muy populosa pero donde hay poco entretenimiento, y, digamos, no hay mucho que ver, siendo aún más exacto decir que no hay absolutamente nada que ver, empecé hace ya más de cuatro meses, a trabajar en el centro. En vez de manejar en mi carrito por varias “highways” a saber la 407, la 404, la 401 y el Allen Expressway y regresar por el mismo camino, ahora me voy al centro en el GO Train. Manejo diez minutos hasta Mount Joy, una de las estaciones del GO que está cerca de mi casa, llega el tren, me subo y, chuculún, me voy hasta la inmensa y antiquísima estación de Union, esa que queda en Front y Bay.
El tren comienza a marcar el día con el ritmo sabrosón del centro de Toronto, al deslizarse a toda viada hacia la gran ciudad. En mi automóvil la cosa era distinta, no había mas ritmo que el activo y deprimente de Radio 680 AM, que uno tiene que escuchar para saber en qué zona de trafico se va uno a atracar esa mañana, y que nos regala una hemorragia de noticias peripatéticas para asustar a cualquiera: la tormenta invernal con gran cantidad de hielo que se nos viene, la balacera mensual de algún colegio cercano, el último coche bomba en una ciudad de nombre árabe o azerbejiano, la atracadera del tráfico la cual ya es tarde para evitar, la última bellacada de Stephen Harper, todas noticias en las que pareciera que quieren desmoralizar a tutti li choferi que circulan por los cuesti highways.
Llegando a la estación de Union, pese a que uno llega muy temprano, los miles de miles de torontonianos, llegados en ómnibus, en VIA Rail, en el GO Train, en el metro, en triciclo y a caballo, qué sé yo, empiezan una agitadísima caminata hacia sus centros de trabajo o hacia el Tim Hortons mas cercano para tomarse el café que no tuvieron tiempo de preparar en casa. Esta masa humana tipo procesión de Señor de los Milagros de Lima, pero sin incienso, sin zahumadoras y sin hábitos morados, es decir, como se estila acá, en un silencio contra natura y donde nadie roza a nadie, se enfila por el PATH, la ciudad subterránea del gran Toronto, en tropel que comienza a desbandarse cuando los apurados transeúntes ingresan a escaleras mecánicas o de cemento a las cuales acceden en su recorrido como cuyes de kermés, reduciendo así el tamaño de la masa y permitiéndole a los bípedos miembros que continúan bajo tierra acelerar el paso hasta agarrar todos velocidades de montaña rusa.
- ¿Porque la gente camina tan rápido si estamos ahí a las 7 de la madrugada? No creo que toda esa mancha de gente entre a sus ofis a las 7 ¿A que se debe esa desesperación? –le pregunté a un amigo que es torontoniano de nacimiento y que sirve su condena en el mismo establecimiento financiero que yo, o sea somos como compañeros de celda, o de cubículo como le decimos para disimular.
- Creo que es simplemente el ritmo del centro de Toronto –contestó muy canadiensemente o sea con calma y sin mostrar signo alguno de sorpresa ante la, llamémosla perspicaz, pregunta.
La cantidad de tiendas y tienditas, farmacias, librerías, el café de Starbucks, el de muffins, el del Second Cup y el inefable Tim Hortons (que por su popularidad cualquiera diría es un café con pichicata), una piernona caballona con unos zapatitos que me parece que los tacos van aterrorizados, el cafecito con sushi del Bento Nouveau, las camisas en oferta con las corbatas, los cables colgando de las constantes reparaciones, caution, escaleritas para abajo, Royal Bank Plaza, los panes baguettes, danger, las tiendas de artículos de oficina, construction, una gorda que no puede ni con su alma, los cajeros automáticos, verdes los del TD, azul monárquico los del Royal, granates chabacanos los del CIBC, naranjas libertarias del Scotiabank, desteñidos blanquinosos los de BMO, el fulano que tiene que usar terno y corbata que parece Testigo de Jehová, escaleritas para arriba, la maldita artritis en las rodillas me mata, las grandes tiendas de periódicos y revistas asaltan a la gente, no pierdas el paso que malogras el ballet, chinitas ejecutivas, muchachos hablando a gritos con sus celulares, tiendas que pareciera que tuvieran manos que invitan adentro, el fulano sentado en el pasillo con el cartelito de “homeless” y unos jeans de marca que le deben haber costado más que en Winners, puertas que se necesita ser forzudo para abrirlas, no sé como hacen los viejitos flaquitos, creo que se colocan detrás de algún muchachón que vaya delante de ellos abriendo las puertas de porquería, un loco con una bolsa de plástico en la cabeza, algunas tiendas que parece que quisieran succionar a algunos de los caminantes que, quién sabe por eso caminan apuraditos, no vaya a ser que sin querer se metan a un sitio donde los chicles cuestan $1.50 y los cafés pasan de $3.40 como si nada y la botellita de agua vale como un whisky en las rocas en club de caballeros, la tienda en la que a veces me provoca preguntar cuánto cuestan las corbatas, aquella donde siempre hay un vendedor solitario que tiene una pinta de mayordomo inglés, lo cual ya sabemos es indicación que toda la ropa de la tienda es de alta calidad y carisisima, pero yo también estoy apurado, rápido, rápido, hasta en las escaleras mecánicas son pocos los que como yo nos ponemos a la derecha, la mayoría van por la izquierda para subir rápido, incluso con unos maletones que arrastran sin miedo a empujar o pasar por encima de las patas de los otros caminantes. Hay que mantener el ritmo sabrosón del centro de Toronto.
Luego esta masa de espermatozoides con terno se va dividiendo, adelgazando, hasta que el ritmo inicialmente masivo, se va individualizando, perdiendo velocidad ya que llega un momento en que camino independiente, casi, casi solito con el condenado maletín que llevo y traigo todos los dias y que pesa como los demonios ya que tengo cuchumil papeles que revisar, el último librito de gerencia, el laptop donde aprovecho de escribir artículos como éste en el tren, el ‘mouse’, el adaptador de corriente del laptop que solito pesa como dos kilos, una botella llena de agua, seis lapiceros, mi sánguche de jamón y queso para almorzar, el cortauñas, una botellita con agüita para limpiar las lunas de mis anteojos, una lima, la tijerita que es parte del juego, una regla de plástico transparente, los modelos de formularios que de repente es tiempo de tramitar algún poder en el consulado. Con todas esas cosas, y algunas más que no recuerdo ahorita, el maletín pesa como burro enano.
Por eso cuando voy llegando a la escalera mecánica que me llevará a los ascensores de mi establecimiento, después de hora y media de trayecto en carro, tren y a pata, pierdo -hasta la hora de salida en que se reanuda la danza-, el ritmo sabrosón del centro de Toronto y agarro mi propio ritmo, lento pero decidido a hacer que éste sea un día que valga la pena vivir.
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Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
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