|
Una inmerecida bendición del Señor
UUnos tenemos la suerte grandiosa de tener viva a nuestra madre. Y otros tenemos aún la más grandísima suerte de haberla traído a vivir acá a Toronto.
Sí, yo entiendo que cada caso es diferente. Que “mi mamá no quiere venir a vivir acá ni de a vainas”, que “mi hermana la cuida bien allá en Lima”, que “ya está viejita y tiene sus costumbres arraigadas”, que “acá no se acostumbra pues” o que, lo más lamentable, ya no está con nosotros.
La cosa es que por eso digo que yo tengo una suerte grande. Mi mamá, que está por cumplir los 89 en julio, sí vive acá. No desde hace poco. Desde hace más de veinte años. O sea que solamente hemos estado separados cinco años durante los cuales fuimos dos veces a Lima y ella vino una vez por acá.
Compensamos en algo el puñal que le clavamos cuando nos vinimos a Toronto en el 80 y nos trajimos a sus dos únicos nietos. Si uno pudiera volver en el tiempo, no cometería tal crimen. Pero lo que pasó, pasó, no hay vuelta que darle. No hay forma de restituir ese daño.
Ahorita se viene el Día de la Madre, no falta nada, y millones de hijos nos preparamos para celebrar ese día. Para los que ya no la tienen, es motivo de acariciar los especiales recuerdos de aquel ser que nos dio el amor más desinteresado que existe. Como yo no tengo una religiosidad sublime, me atrevo a decir que no conozco amor tan grande como el de la madre, ni siquiera el amor divino. Pueda ser que cuando muera, disfrute de ese amor divino, pero en este mundo rápido, materialista, envidioso, ambicioso, no hay nada como el amor de la madre, la única persona en la que podemos confiar y poner nuestra mano al fuego, porque sabemos que su amor es verdadero, es desinteresado, es ilimitado e incondicional.
Para los que la tienen, pero a la distancia, es el día de usar la tarjetita telefónica y hablar con ella. Para mí es motivo de júbilo llevarla a mi casa y almorzar juntos, celebrar esa tarde junto con mi esposa -que es madre de mi hija y de mi hijo-, con mi hermana que tendrá su primer día de la madre ya que tuvo su primer hijo en noviembre, y, hasta por coincidencia, vamos a estar con una pareja de amigos de la infancia que están de visita desde Lima, ella es madre de cuatro angelitos. Vamos pues a tener una reunión full madre, si vale el término, con todo respeto.
Nos vamos a acordar ese día muy especialmente de mi suegra, que falleció en el año 2000. También vivió acá en Toronto muchos años. Mi suegra, María Luisa, era un personaje inolvidable. Cocinaba delicioso y era de ese tipo de personas que disfrutan de cada instante de la vida con mentalidad positiva. Nunca se quejó ni del invierno gris, ni del frío, ni de la nieve, ni de que no sabía inglés, ni de sus horas interminables a solas. Siempre le encontró a las cosas el lado positivo. Y de repente estaría aún con nosotros, sino fuera por una desafortunada intervención quirúrgica que le debe haber quitado unos cinco años de vida.
Lo mejor, y esto ya es el copón, es que sus mentes están en perfecto estado. Claro que se olvidan y olvidaban de muchas cosas, pero ¿quién no comienza a olvidar las cosas a partir de los cincuenta?
Es notable que de los muchos amigos y amigas que tenemos por acá sean tan pocos los que tienen la suerte de tener a sus madres en Toronto. Por mi parte, lo consideró una inmerecida bendición del Señor.
* * *
Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
|