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Experiencia Canadiense - III
La dificultosa educación de Shane Canuvian
Johnny Canuvian llegó de la licorería golpe de siete de la noche con una botella de escocés y otra de vino tinto. Estaba feliz, entusiasmado en celebrar el cumpleaños de su hijo Shane. Veintiocho años cumplía el angelito quien no había llegado aún a la casa ya que estaba trabajando como cualquier día común y corriente. Johnny se encontró con la Bebe que estaba en la cocina terminando de preparar la comida para la cena de esa noche.
- Me voy a cambiar –dijo él, dirigiéndose a la escalera, luego de quitarse los zapatos, la bufanda, y colgar su saco y el grueso abrigo azul oscuro de invierno que había resucitado para su nuevo trabajo en el centro.
La Bebe siguió con la preparación de la ensalada mientras Johnny subía muy lentamente las escaleras. Le dolían las rodillas, no estaba seguro si sería por la artritis o por las pastillas para el colesterol que venía consumiendo religiosamente durante los últimos tres años. Shane es un buen muchacho, pensó, realmente es un excelente muchacho.
Trabaja mucho, llega a la casa alrededor de las siete, siete y media de la noche luego de su jornada laboral. Y mientras que le va muy bien en su trabajo, creo que aún le falta educarse un poco más en las cosas simples de la vida, como decía una vieja canción de telenovela. Por ejemplo su cuarto.
Andaba muy desordenado. Era un laberinto, una torre de Babel donde de repente aparecían sus blue jeans, estiraditos, muy echados en el suelo, como si Shane hubiera estado descansando panza arriba en la alfombra, como quien toma el sol con la ropa puesta, y una aplanadora hubiera pasado por encima de él.
Un equipo de gimnasia, esos de todo en uno, que la Bebe y él habían comprado cinco años atrás, ansiosos de volver a ser esbeltos y que terminó convirtiéndose en un colgador extra de ropa, reposaba grotesco a medio armar en una de las esquinas del cuarto. Johnny lo había desarmado y, con gran trabajo ya que pesaba como un burro muerto, lo había llevado abajo al cuarto del computador con la idea de venderlo luego al mejor postor o, si no valía la pena esto, regalárselo a alguien que le pudiera dar buen uso.
- ¿Qué vas a hacer con el equipo? – había preguntado Shane a su papá, en esa oportunidad.
- Lo voy a vender.
- ¿Por qué no lo pongo en mi cuarto?
- Bueno pues hijito, si lo vas a usar, no hay problema, quédatelo.
Ocho meses después de esta charla, el equipo de gimnasia permanecía a medio o a cuarto armar en la habitación del joven, luego que Shane intentara ensamblarlo sin el librito de instrucciones. Cuando lo puso en ele para desdoblarlo, uno de los ejes se atracó y no hubo quién lo pudiera mover, habiendo quedado así, ignominioso, en una de las esquinas de su cuarto, ocupando un espacio importante y estratégico, ya que impedía que se abriera completamente la puerta que daba al cuartito donde habitaban el equipo de calefacción, el calentador de agua, el baúl lleno de platos y cubiertos que la Bebe almacenaba con la idea de revisarlo un día que no llegaba nunca, aparte de una serie de maletas, algunas llenas con ropa que terminaría en Lima donde algunos parientes de ella. Uno de estos días, pensó, me cargo el equipo de gimnasia en peso yo solito y se lo regalo al “Salvation Army”.
R econoció que él también era amigo de la desidia, ya que hacía un par de meses que había encontrado el manual en una caja de cachivaches en el garage, y lo había llevado al cuarto del computador para hablar con Shane. Error garrafal ya que el manualito de marras ahora reposaba en uno de los cajoncitos del cuarto del computador, sin que el buen Shane supiera que había aparecido.
Johnny abrió el closet buscando un pantalón y camisa “sport elegante” o “business casual”. Y mientras sus ojos escudriñaban el closet para escoger lo que se pondría para ir al bistro elegante esa noche, siguieron llegándole toneladas de imágenes. Con frecuencia hacen su aparición en el cuarto de Shane todo tipo de vasos de jugo semi llenos, tacitas de cartón del Tim Hortons semi llenas, botellas de cerveza Alexander Keith, su favorita, semi llenas también, latas de Coca Cola destapadas semi llenas, la ropa sucia. Interpretó que como nunca le falto ni le falta nada no se da cuenta del despilfarro líquido que crea diariamente.
Con trabajo se puso un pantalón negro y una camisa marrón clara a cuadritos, ambas prendas nuevas, recién obsequiadas tres semanas atrás para Navidad. Veintiocho años, pensó mientras bajaba las escaleras, ni siquiera me acuerdo cómo me sentía a esa edad.
Llegó abajo, encontró a la Bebe maquillándose en el bañito del primer piso.
- ¿Nos vamos? – preguntó con entusiasmo.
- Ya, un ratito. Shane se va de frente con Angie, nos encuentran en el restaurante a las ocho.
Johnny miró su reloj, prendió el televisorcito y se sentó, resignado nuevamente a llegar tarde. Eran las ocho y cinco.
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Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
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