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La salsa de la vida por Guillermo Rose

En el tren
(Cuento del libro “Una pequeña duda”)

Viajo en el tren todos los días. En las mañanas me lleva a la oficina. En la noche a casa. El tren es en apariencia normal. Lo único que lo hace diferente es que cada carro tiene dos pisos. ( ¡Ah! Y que la mayoría de los asientos están en grupos de cuatro, dos a dos, frente a frente. El tren toma cuarenta y un minutos en llegar del centro a mi estación. Muy normal. Esto creía yo hasta que descubrí el secreto de la ventana.

Por meses no me di cuenta, yo siempre he sido tan distraído. Pero la semana pasada, el jueves por la noche para ser más exacto, algo muy extraño, muy diferente, ocurrió durante el viaje a casa. Iba yo leyendo el periodiquito que compro en la estación central, al mismo tiempo que miraba distraídamente la ventana a mi derecha. Al principio no me di cuenta del detalle. Como era de noche el vidrio parecía un espejo. Seguía leyendo el periódico y de vez en cuando mirando afuera, al mismo tiempo que veía mi reflejo en la ventana. En un momento dado presté mas atención a mi figura en el espejo. Descubrí aterrado que en vez del terno plomo que traía puesto, en el reflejo se me veía con un terno color azul claro, mi corbata tenía otro diseño y, en vez de mis anteojos normales, la figura en la ventana llevaba puestos lentes oscuros.

Me quité los anteojos y observé asustado que la figura no solamente se veía diferente, si no que también actuaba de distinta manera. No correspondían sus movimientos con los míos. Miré curiosamente a los otros pasajeros. Solo había tres personas mas en ese vagón. Aparentemente yo era el único en tan extraña situación, ya que los otros tres seguían su viaje sin mostrarse sorprendidos de su reflejo en las ventanas del tren y sin darse cuenta de mi curioso percance. Uno de los otros pasajeros, una mujer con botines, medias y abrigo negros, seguía mascando su chicle impertérrita, con su mansa mirada dirigida al piso.

Solo faltaban diez minutos para llegar a mi estación final. Volví a mirar la ventana. En vez de mi cara devolviéndome la mirada, vi mi nuca, ya que mi imagen, o lo que fuera se veía en el vidrio, me daba la espalda. En este, le quiero llamar carro paralelo, habían otros pasajeros, diferentes a los que iban en mi tren. Era obvio que eran otros, ya que en el carro en que yo viajaba solamente había tres personas más, mientras el reflejo mostraba un tren lleno de pasajeros. Pude ver gente de diferentes orígenes étnicos, una pareja, algunos durmiendo, otros leyendo el diario.

También me di cuenta que mientras yo sólo tenía el periódico en las manos, mi imagen llevaba un maletín negro sobre las piernas y, con las manos apoyadas encima del maletín sujetaba en una de ellas el mismo periódico que yo iba leyendo. Miré el periódico en la ventana con desesperación y, pese a que la imagen no era clara, pude ver que se trataba de la edición del mismo día. Respiré con calma, mientras el tren realizaba la penúltima parada antes de llegar a mi destino. Al menos el periódico era el mismo. ¿Porqué entonces el resto era distinto? Incluso me podía ver conversando con otra persona. Me incliné un poco hacia adelante para verle la cara. Era Olga, una amiga que ocasionalmente toma el tren conmigo. Ella y mi reflejo parecían estar sosteniendo una muy animada conversación.

Decidí no prestarle mas atención al asunto. Probablemente estaba soñando despierto o, mejor dicho, estaba teniendo una pesadilla con los ojos abiertos. Vi que nos acercábamos a mi estación final. Las lucecitas de las fábricas dieron paso a las siluetas de las casas y a la oscuridad de los jardines. El tren empezó a disminuir la velocidad. El conductor anunció, como todos los días, el advenimiento de mi estación.

Me preparé a levantarme para ir hacia la puerta, pero no me pude mover. Estaba paralizado, excepto por mi cabeza. Quise gritar de miedo pero solo alcancé a abrir la boca sin que de ella saliera sonido alguno. ¿Qué me pasaba? Recién me di cuenta que los otros tres pasajeros de mi vagón no se habían movido en todo el viaje. Lentamente giré la cabeza viendo como mi reflejo, el otro hombre igual a mí, mi imagen en la ventana, se paraba al mismo tiempo que Olga, los dos fueron hacia la puerta del tren paralelo que ahora se veía con gran claridad, las puertas se abrieron. Ella bajó primero y yo, mejor dicho mi otro yo, bajó tras ella.

El frío que sentí en ese momento fue intensísimo, glacial. Con terror recordé lo que me sucede todos los días. Yo realmente no tomo el tren. Es él quien lo toma, ya que él no es mi imagen. Yo soy la suya. Lentamente el frío me hizo dormirme profundamente en el momento exacto que el tren cerró sus puertas en gran silencio.

* * *



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