No sé cómo me hice hincha de la U, el glorioso club Universitario de Deportes del Perú. Era muy pequeño, creo que mi mama me llevó al estadio a ver un partido U-Boys por ahí por el año 54. Desde esa tarde fui hincha de la U. Con el tiempo aprendí de la rivalidad entre nosotros y el Alianza Lima. Y a través de los años infantiles, colegiales y los de joven adulto siempre tuve esa sensación tan especial que sentimos cuando nuestros equipos se enfrentan. Ni qué decir de las bromas y los insultos entre nosotros porque siempre hay el tema de las personalidades, de quién es más popular, de quiénes son los lecheros, o los pituquitos. Me imagino que si hubiera sido argentino sería hincha de River y si uruguayo de Nacional, no sé.
Menos mal que salí del Perú sin que las llamadas ‘barras bravas’ hubieran aparecido. Me imagino que nosotros no calificábamos pues como barras bravas, seríamos seguramente barras mansas. Sin embargo, la pasión, el grito extremo, el corazón reventando, la euforia incontrolable, la humillación deprimente, sola, únicamente se alternaban en nuestras almas cuando jugábamos con el Alianza. Todo hincha de la U sabe que no es lo mismo perder con el Boys que perder con el Alianza y todo hincha de la U sabe que ganarle al Cristal no se compara con ganarle al Alianza.
Y secretamente, porque es impronunciable para mí, tengo una admiración por este rival de siempre, por su popularidad, por ser el equipo “del pueblo”, por ser más criollos y, porqué no admitirlo, por lo bien que a veces juegan, pues. Y sé del Rodillo Negro, y, claro, pienso que Cubillas ha sido el mejor delantero peruano de todos los tiempos. Y me ha fregado alguna vez ver a Pitín Zegarra diblear y burlarse de los defensas de la U. Y así, en esta rara mezcla de admiración y desprecio, pasamos nuestras vidas los hinchas de la U con respecto a los del Alianza.
Acaba de revivirse, gracias al periodismo peruano, al programa ‘La ventana indiscreta’ de Cecilia Valenzuela para ser exactos, una herida aún abierta. El 8 de diciembre de 1987 cayó al mar de Ventanilla, muy cerca del aeropuerto, el avión Fokker que traía al joven equipo de Alianza de triunfar por 1 a 0 contra un equipo de Pucallpa. Aparte del plantel de jugadores –puntero del campeonato en ese momento-, falleció Marcos Calderón uno de los entrenadores peruanos más carismáticos y exitosos de todos los tiempos, fallecieron los tres árbitros que dirigieron el encuentro en la selva, otros empleados y dirigentes del club, y un pequeño grupo de hinchas.
Más que hacerme escribir sobre las fallas garrafales debidas a la inexperiencia de los pilotos, más que encolerizarme con los oficiales de la Marina que ocultaron por 19 años el informe sobre las causas exactas del desastre, esta noticia me ha hecho revivir la pena por la tragedia de un club al que, hasta ese día, solo miré como “enemigo”. La verdad es que cuando me enteré del accidente acá en Toronto, creo que a través de una llamada telefónica que hizo Walter Chatter a la radio, me invadió esa mezcla de pena, angustia e impotencia que a veces nos sacude cuando muere un grupo de jóvenes deportistas. El caso es que ocurre que, pese a esa intensa rivalidad entre los hichas de la U y los del Alianza, y pese a los gritos y a los insultos, prima esta secreta admiración que sentimos por nuestros ‘compadres’.
Una lástima nomás que tengan que ocurrir tragedias como ésta, para que nos demos cuenta de nuestros verdaderos sentimientos y para que derramemos, otra vez, una lágrima crema, no de cólera sino de tristeza, sobre nuestros rivales de siempre.