La salsa de la vida
por Guillermo Rose
Publicado: 15/Marzo/2010
Un lado oscuro de Lima
Los Canuvian van a Lima por tres meses – Parte 3
por Johnny Canuvian

Los Canuvian van a Lima por tres mesesEl policía limeño tiene un sueldo promedio de 1,200 soles mensuales, algo así como unos 420 dólares americanos. Un cadete en entrenamiento de la policía de Toronto gana más o menos unos 4 mil dólares americanos mensuales. Este es un cadetito que recién arranca de policía en una ciudad con menos delincuencia que Lima. El policía de Toronto que llega al más alto nivel de policía (1ª. Clase) sin dejar de ser policía gana $80,315 canadienses al año, más o menos 6 mil dólares americanos mensuales. Además el policía torontoniano goza desde el arranque de un plan de seguro familiar, dental, seguro de vida, es parte del sindicato de la Policía, tiene un plan de pensiones, vacaciones pagadas, reembolso por gastos educativos y un programa de asistencia familiar y personal.

Como mi hijita, Gisela Canuvian, conocida entre sus amigos y fanáticos como GG Canuvian –que se pronuncia Yiyi Canuvian-, llegó de visita a Lima con una lista de lugares que quería visitar, nos dedicamos a hacer algo de turismo en Lima Limón.

Así pues, el arriba firmante, la Bebe Canuvian y GG, nos dirigimos los tres al Museo Larco, que queda en Pueblo Libre. Nos movilizamos en un histórico Toyota Corona que alquilé a un amigo de Jaleo, mi cuñado. Ya había yo notado que la agujita de la gasolina había bajado un cuarto de tanque siendo que había hecho llenar el tanque la noche anterior, y me molestaba el asunto, pero pensé que lo resolvería después de la visita al museo, nuestra primera actividad en Lima con GG luego de sus 25 años de ausencia de la Tres Veces Coronada Villa.

- Señor su carro está perdiendo gasolina – nos dijo un motociclista cuando habíamos parado en un semáforo -. Está perdiendo un montón de gasolina.

“¿Será un asaltante?”, pensé, descartando la idea ya que yo mismo veía el bajón de la gasolina.

- ¡Tienes roto el tanque de la gasolina! – gritó alguien desde su carro detrás del mío.

Seguí manejando buscando una estación de gasolina infructuosamente por toda la avenida Bolívar, llegamos a la avenida Universitaria y me cuadré en una pistita lateral, donde bajamos del carro, miré debajo y no vi que goteara nada, pero no había nada que hacer. Sentíamos olor a gasolina, el tanque se vaciaba y algunas almas piadosas nos habían advertido que se caía la gasolina.

Llamé a Jaleo, para ver qué hacíamos. Me dice que lo mejor es que pase por él para llevar el carro al “mecánico de confianza” del dueño del carro. Mi cuñado Jaleo vive en la Residencial San Felipe así que otra vez nos metimos al Toyota rumbo a la Residencial por la misma avenida Bolívar, pero esta vez en dirección contraria.

No habíamos avanzado ni cinco cuadras cuando escucho una sirena de policía atrás de nosotros y veo un carro patrullero por el retrovisor. El patrullero se puso a mi costado y uno de los policías desde dentro me indicó que me estacionara a la derecha, lo cual hice inmediatamente. El patrullero se estacionó delante de mi carro.

- Seguramente ha visto que estamos perdiendo gasolina y nos quiere auxiliar – les dije cándidamente a la Bebe y a GG, quienes como yo ya estaban de por sí aterradas pensando en que podíamos explotar por los aires en cualquier momento si alguien tiraba un pucho de cigarro cerca al carro. Aparte que el carrito tiene un inmenso cilindro de gas en la maletera por lo que el coche parece de Al Qaeda Motors.

Se acercó un policía joven, gordito, con cara de conchudo, que se paró al costadito de mi puerta.

- Buenas caballerito –dijo.
- Buenas –contesté - ¿qué paso?
- ¿Sabe por qué lo hemos detenido, caballerito? –preguntó, mientras yo trataba de acordarme cuando fue la última vez que alguien me había llamado caballerito. Me parece que fue cuando tenía 17 años, en el Troca, una de las chicas me había preguntado algo así como “¿Servicio completo, caballerito?”. Claro, a los 17 yo calificaba de ‘caballerito’, pero ahora ¿pasados los 60? En fin, pensé, una nueva forma de la policía nacional de tratar a los choferes particulares.

- La verdad que no sé…
- Disculpe el tiempo y la distracción en que lo estoy haciendo incurrir, y la incomodidad que esto le está causando, pero el problema es que la señora no está usando el cinturón de seguridad. Sus papeles, por favor.

Miré rápidamente a la Bebe con ganas de estrangularla. Le entregué al policía mi licencia canadiense de conducir y todos los papeles, algunos plastificados, que encontré en un bolsillo lateral del carro.

- Este brevete (Licencia de conducir, en peruano) no es de acá –sonrió mientras le daba vueltas y lo leía con gran atención.
- No, no es de acá, es canadiense, pero es válido por los tres primeros meses que uno está en Lima.
- Sí, sí, no es problema. Lo que es problema es que la multa por no llevar cinturón de seguridad es de más de 400 soles -¡Clín, clín! Saqué la cuenta rápido, unos $160 canadienses -. A ver Johnnycito, bájese del carro que quiero explicarle algo.

Habiendo pasado de caballerito a Johnnycito a la vista de mi licencia, me bajé del carro. Nos pusimos a conversar prácticamente en la pista mientras el tráfico por la Bolívar seguía impertérrito, entre los bocinazos, los humos de escape de todos los vehículos con su gasolina tóxica y apestosa llena de plomo, los microbuseros cruzándose los unos a los otros y algunos pobres transeúntes tratando de cruzar la Bolívar sin ser atropellados.

- Mire Johnnycito, sé que usted está de vacaciones en Lima, así que yo no lo quiero incomodar, más bien caballerito yo lo quisiera ayudar, dentro de mis posibilidades.
- Bueno ¿cómo es? –dije recordando la pregunta clásica que usaba en los años 70s para llegar a un acuerdo coimero con la policía.
- ¡Ja ja! ¿Cómo es? Le voy a explicar, yo no lo incomodo, pero usted nos tiene que ayudar también, tiene que poner de su parte pues caballerito.

A estas alturas los términos ‘caballerito’ y ‘Johnnycito’ me habían llegado ya a esa parte del cerebro en la que se conciben los crímenes históricos peruanos más horrendos como la traicionera muerte por garrote estilo Pancho Pizarro al Inca Atahualpa. Me imaginé al policía cara de conchudo siendo jalado por cuatro caballos cada uno hacia un punto cardinal distinto, a lo Túpac Amaru. Sin embargo me recompuse, pensando en la posibilidad de que el tanque de gasolina podía explotar con mi esposa e hijas dentro del coche bomba, así que fui por la sonrisa hipócrita en vez del asesinato.

- Le voy a rebajar la multa a la mitad, 200 soles, si es que usted me ayuda con unos cuatro galoncitos.
- ¿Cuatro galoncitos? ¿Quiere que vayamos a echarle al patrullero 4 galones de gasolina?
- No pues Johnnycito –me miró como diciendo ¿eres o te haces? –necesitamos 40 soles.
Recordé que el precio del galón de gasolina anda por los 10 soles, ergo 4 galoncitos serían pues 4 galones por 10 soles, o sea 40 soles.
- ¿Y cómo se los doy? –me imaginé que no se vería bien darle 40 soles en plena avenida Bolívar, sobre todo habiendo estado la nación en una campaña mediática a nivel nacional titulada “¡A la Policía se le respeta!”
- Le voy a explicar Johnnycito, los pone adentro de este documento – y me entrego el papel plastificado del seguro del carro, que era un documento tamaño papel de carta suficientemente enorme para conciliar la coima, perdón “la contribución” a la sufrida policía nacional del Perú. 40 soles calculé son unos 15 dólares canadienses, no está mal
-. Yo voy a estar al costado del patrullero, lo espero, tómese su tiempo, caballerito.

Me metí al carro y busqué en mi billetera mientras GG permanecía en silencio con su cámara de fotos en la mano y la Bebe me preguntaba cuánto había que darle al policía. Saco mi billetera y maldita sea, me encuentro con un billete de 20 y dos de a 100 soles. Por supuesto que ni la Bebe ni GG tenían un centavo encima, ya que si estoy yo allí, ¿para qué necesitan plata? Pensé darle el billete de 20, pero luego pensé que no, ya que el tipo quería 40 para REBAJAR la multa, ni siquiera para anularla. Entonces, hice de tripas corazón, tomé uno de los billetes de 100 soles (40 dólares canadienses) y lo metí dentro del papel plastificado encubridor. Salí del carro y con paso seguro me dirigí a hablar con el complaciente y sonreilón miembro de la respetable policía nacional del Perú. Le entregué el papel plastificado con el billete de 100 soles adentro.

- ¿Todo esto va a ser para mí? – preguntó con una sonrisota de oreja a oreja luego de ver los 100 soles .
- Sí –le dije- pero nos olvidamos de la multa de 400 soles.
- Un momentito –replicó -. ¿Puedes chequear la documentación adjunta? –le alcanzó el papel plastificado cerrado a su compinche, al otro truhán que estaba al volante.
- Está conforme –dijo el chofer malhechor tras desorbitarse al ver los 100 soles, devolviendo el botín a manos del principal ratero.
- Gracias Johnnycito. Pero dígale a su señora que acá tiene que circular con el cinturón de seguridad puesto, que tenga más cuidado. ¿De qué país vienen, ah?

El policía entonces, en gesto para mí inesperado, me abrazó fuertemente, en plena vía pública, en la avenida Bolívar, él uniformado, yo con mis shorts kaki. Regresé al carro con rapidez, avergonzado de haber participado en la coima, de haber contribuido a que se sigan perpetrando actos como éste, que hicieron que, junto con otras cosas, decidiera salir del país hace casi 30 años.

Cuando el mecánico revisó el carro, nos informó que alguien se había metido por debajo y había jalado una de las tuberías de la gasolina, con el objetivo de seguirnos, que nos quedáramos sin gasolina y acercarse pretendiendo ayudar para luego asaltarnos. Deducimos que el fallido intento había ocurrido la noche anterior en el estacionamiento del aeropuerto mientras esperábamos a GG que llegaba de Vancouver, con la idea de que a las 2 de la mañana nos quedáramos botados en la avenida Faucett del Callao y allí desvalijarnos. Este plan falló porque, nos dice el mecánico, se equivocaron de manguera y jalaron no la que lleva gasolina al motor, sino otra de salida del motor.

Agradecí a mi Angel de la Guarda, que siempre me acompaña cuando vengo a Lima y nos fuimos a almorzar rico al restaurante El Mirador de La Punta.



 





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