Gracias a Dios es hoy
Estuvimos en Lima de fines de marzo a comienzos de abril, serían poco menos de tres semanas. Cometí el error de decirle a un amigo que es dueño de una agencia de viajes que quería pasajes para estar tres semanas en Lima. Me envía la información sobre los pasajes y yo, sin chequear la cantidad de días, acepto el trato. Resulta que el viaje que me sacó no era de tres semanas, veintiún días que le llaman, sino solamente dieciocho. Para cuando me di cuenta, tarde piace, no hubo forma que me arreglaran el viaje de regreso que lo quería yo pasar del Viernes Santo al Lunes de Pascua. Que no, que el vuelo viene repleto, que voy a seguir intentando. Nada. Nos regresamos a los dieciocho días.
Menos mal que en el vuelo de regreso que era entre la medianoche y las ocho de la mañana viajamos con otro amigo que tiene cuchumil años en la aerolínea y que nos mudó de una apretada fila de económica a un fabuloso acomodo en primera.
Sobre Lima tengo que decir que, para variar, la pasamos como cuete. Excelente.
No alquilé carro ya que, para el carro viejo que yo puedo pagar, no vale la pena manejar en la Tres Veces Coronada Villa. Es mejor tomar taxis, mediante el sistema de llamar por teléfono para que te vengan a recoger, que andar sufriendo por calles y plazas, ante temerarias maniobras, sin timón hidráulico, en medio de combis asesinas, un tráfico de tortuga, distracciones con las mujeres policías del escuadrón Fénix que andan con unos pantaloncitos calientes y sus botitas pegaditas, subidas en sus poderosas, tremendas motos a nivel película porno.
Nos movilizamos en el VW de mi cuñao, un escarabajo blanco me imagino de 1953 o con taxis. El VW de mi cuñao quedó bautizado cachacientamente como “El bólido” ya que anda normalmente a 35 KPH, excepto para pasar a otros vehículos, momentos en que acelera hasta 37 KPH. Es un vehículo que se puede calificar de “Turismo de Aventura”. Turístico ya que te permite divisar todos los edificios, calles y plazas de la ciudad sin premura y es de aventura ya que es aventurado circular entre las combis asesinas, choferes que te insultan la madre por lo lento y los camiones y ómnibus que te cierran por doquiera que circules. Es muy seguro ya que no importa por cual peligrosa zona de Lima uno se meta, es imposible que este vehículo pudiera ser objeto de un intento de robo. Por ejemplo fuimos al cementerio Baquíjano del Callao.
- - Se lo cuido, se lo cuido – dijo una gordita que era cuidadora y florista a la vez.
Cuando regresamos de visitar a nuestros queridos finados, le preguntamos a la gordita.
- - Y ¿no pasó nada?
- - No señor –dice la gordita riendo-, nadie se lo quiso llevar.
Anda con el techo oxidado lo que ha causado que éste tenga una cantidad tremenda de huequitos color naranja oxidada. En la mayoría de estacionamientos de las grandes tiendas siempre encuentra un “lavacarros” dispuesto a lavar el carro por fuera y/o por dentro por un precio módico. Fui testigo del siguiente diálogo entre un lavacarros y mi cuñao.
- - Señor, señor, le lavo su carro.
- - No se puede, muchachón –mi cuñao trata de ‘muchachón’ a una buena cantidad de gente, sin importar la edad del susodicho.
- - No. Sí se puede señor ¿Cuál es el problema?
- - El problema es que, si le echas agua al techo, se va a meter como ducha por los huequitos que tiene.
- - Ahhhh –tuvo que decir resignado el lavacarros, ante la contundencia del argumento.
En realidad, aparte de la deliciosísima comida peruana, lo que realmente distingue a la hermosa capital del Perú es la actitud de su gente. Quiero mucho a Canadá, quiero mucho a los canadienses, tengo la ciudadanía canadiense, mis hijos son más canadienses que peruanos, pero no hay nada que hacer, cuando uno compara la vitalidad, el cariño, el afecto demostrado –no solamente pensado- de la gente de allá. Me imagino que igual ocurre con colombianos, argentinos, chilenos, mexicanos y todos los latinoamericanos que regresan a sus países y ciudades de origen y se encuentran con un calor humano inigualable e inencontrable por estas tierras.
Me lo dijo una vez un chico canadiense que estuvo visitando y ayudando por dos meses a su tío, uno de estos sacrificados y queridos sacerdotes canadienses que vivía en una barriada de Lima, ayudando a la gente de la barriada.
- Lo que más me ha llamado la atención –me dijo el chico cuando le pregunté qué le había parecido Lima, el Perú- es cómo ellos pueden ser tan buenos y tan felices, cuando no tienen nada de nada.
Y esa es la incógnita y la verdad de la mermelada. Uno encuentra gente buenísima, alegrísima, cariñosísima, pese a las dificultades materiales por las que atraviesan.
Hoy en día, nuestros parientes andan en esa situación estresante por la que siempre ha pasado la gente de la clase media, en la que quisieran vivir como clase media alta, pero sus ingresos no dan para tanto. A pesar de esta lucha económica, aprovechan cada día de la vida. Acá vivimos para el fin de semana. Acá tenemos el Gracias a Dios es Viernes. Allá piensan Gracias a Dios es Hoy y viven todos y cada uno de los días.
Este viaje nos ha hecho pensar que realmente queremos pasar muchos meses del año en Lima, y el resto por acá. Haremos lo imposible para lograrlo.
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Escríbale un correo electrónico directamente a Guillermo Rose a guillermo@torontohispano.com
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