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¡Oh, CanadUSA!
Presidenciales Harper, Bush, Calderón clásicos ejemplos de líderes inmerecidos.

Esquina LibreAlgunos analistas políticos aseguran que en una democracia elegimos al gobernante que merecemos. De otro modo, no estaría en el poder, ¿no? Se equivocan. No merecemos a buena parte de los trogloditas que elegimos.

Lo que pasa por democracia norteamericana no es otra cosa que compraventa electoral. La elección de mandatarios depende de los multimillonarios fondos invertidos en campañas electorales y de la habilidad de convertir en favorable capital político la indeferencia y hasta el cinismo de los pocos votantes que asisten a las urnas. En estas circunstancias la ingenuidad, la ignorancia o la falta de interés favorecen al ganador.

Lamentablemente aceptamos el viciado credo del publicista político al pintarnos al candidato como la reencarnación del Mesías. Nos sobrecoge el poderoso apoyo económico que le brindan las grandes corporaciones y otros intereses creados. Nos asombran los astronómicos fondos destinados a elegir mandatarios. Nos dejamos llevar por ridículas promesas. Claudicamos ante la perversa influencia de artificiales debates televisados.

Manufacturado el carisma, sucumbe el ciudadano. Una vez seducidos, votamos por tipos que en otras circunstancias no elegiríamos para cazadores de perros callejeros. Elegimos pues a cualquier narcisista aspirante a emperador. Entre bambalinas, triunfa el mejor postor. Nos vamos a la cama satisfechos. Cumplimos nuestro deber. Votamos. Peor es nada.

Despertaremos en error. Caemos en cuenta que Estados Unidos no merece a George W. Bush. México no merece a Felipe Calderón. Canadá no merece a Stephen Harper. Pero como buen ciudadano, nos resignamos a vivir la condena católica del mal matrimonio: aguantar al insoportable cónyuge como Dios manda y el diablo disponga.

En Canadá tenemos la maldita costumbre de depositar el poder en manos de políticos desconocidos, de signos de interrogación, de incompetentes o de farsantes prepotentes. Es así que en una u otra de estas categorías se entronaron Joe Clark, Brian Mulroney, Jean Chretién y Paul Martin

En todas y cada una de esas categorías encaja el regordete y aparentemente inofensivo Stephen Harper. ¡Qué mal hicimos! Nos desayunamos al instante que Harper ocupó 24 Sussex. Echando por la ventana la tradición parlamentaria de Primer Ministro se abrogó funciones presidenciales. Se dedicó a liderar la nación despilfarrando a sus anchas nuestras contribuciones al erario público, involucrándonos sin consulta en una invasión que no nos incumbía, reduciéndonos a apéndice de Washington y comportándose con un autoritarismo y totalitarismo jamás visto en la política canadiense.

En menos de 19 meses, la nación no lo soportaba más. Pegó el grito el cielo. Se apagó la estrella de Harper. Su amistad con Bush resultó costosa. Comprometer tropas en Afganistán a instancias de Washington le merece universal repudio. Su indecisión en tomar iniciativas contra el calentamiento del planeta le provoca repudio. Su paternalista estilo de gobernar le distancia de la ciudadanía. Sin siquiera cumplirse la luna de miel, Harper se reveló impotente.

¿Qué hacer? Para Harper, admitir errores es impensable. ¿Solución? Reorganizar el gabinete. Echarle el muerto al subalterno. Deshacerse de ministros como quien dispone de papel higiénico usado. Selecciona de chivo expiatorio al general retirado Gordon O’Connor. Fuera del gabinete. Por inepto. El ministro de defensa fracasó en venderle al público un mejor cuadro militar y en pronosticar resultados positivos en una invasión condenada a fracasar desde el principio. ¡Mejor descartar al general que al impopular mandatario!

Repone a O’Connor con Peter Mac Kay, su antiguo Ministro de Relaciones Exteriores cuya colosal ignorancia en geografía mundial le convirtió en el hazmerreír de la prensa nacional. Durante la reciente jira por la América latina, Harper dejó a Mac Kay en Canadá. Mejor sólo que permitir la doble vergüenza de un ciego guiando los pasos de otro ciego por tierras desconocidas.

El nombramiento de Mac Kay equivale a matar dos pájaros de un tiro. Mac Kay ambiciona el puesto de Primer Ministro. Harper nítidamente le corta las alas. Lo pasa al Ministerio de Defensa, reconocido cementerio político de aspirantes a mandatarios. Simultáneamente Harper se lava las manos de 19 meses de fracasos gubernamentales. Campantemente indica que el gobierno conservador necesita mejores comunicadores con miras a lograr mayoría parlamentaria en los próximos comicios. No ocurrirá.

Por una parte Harper ha perdido la confianza del público. Por otra es imposible retomar esa confianza cuando el gobierno amordaza a la burocracia y desdeña al votante. Nuestro flamante Primer Ministro desconfía tanto del subalterno que le prohibe terminantemente hablar con los medios de comunicación. Ocurrió instantes después de juramentar al nuevo gabinete. Ningún ministro dijo esta boca es mía. Emplaza pues nuevas, invisibles caras. Obedientes, serviles incógnitas en gabinete incomunicado. Cambios sin cambio. Todo sigue igual.

¿Logró reciclar Harper su imagen? ¡Ni pensarlo! Cada día se asemeja más a los robotitos importados de Asia, mismos que desaparecen de las jugueterías por declarárseles dañinos al consumidor. Igual suerte le espera a Harper. Por muy obstinado que sea, Harper tendra que darse cuenta que el aislamiento y el gobierno en silencio traen consigo serias consecuencias políticas.

Lo confirma la cumbre de Montebello, Québec del 20 de agosto. Conducida a puerta herméticamente cerrada, Harper, Bush y Calderón, tres tristes e impopulares tigres de papel asentados en el poder por irrisorias minorías, se disponen a rediseñar en secreto el mapa político, económico, social y geográfico de Norteamérica. Preámbulo de una proyectada unión bajo el control absoluto de Washington. No hay consulta pública. Nadie sabe la agenda. No se permiten reporteros.

¿Protestas? ¡Ni pensarlo! Las reprime Harper. Ignorando los derechos constitucionales del canadiense de manifestarse en público, el Primer Ministro dispuso televisar las protestas vía circuito cerrado en caso de que alguno de los tres mandatarios decidan darse el precario gustazo de observar a los manifestantes echándoles maldiciones y condenando la cumbre.

Por estos lados, el gobierno le llama “democracia” a estas irracionales, arbitrarias medidas. La protesta siguió su marcha. A la vista de quienes realmente cuentan, de la ciudadanía. Los manifestantes dejaron en claro que Canadá está harto del entreguismo de un mandatario que descarga funciones al estilo feudal. Nadie merece vende patrias de esta calaña.


Publicado 13 de Septiembre 2007

Por: Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York


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