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Conociendo a: Hernán Astudillo
Por: Alma Sandoval Betancourth

Fotos del Padre Hernan Astudillo en el centro comunitario San Lorenzo, Toronto - Canada

Entrevista al Padre Hernán Astudillo

Después de muchas llamadas telefónicas, citas canceladas e innumerables intentos, por fin llego a la Radio Voces Latinas para entrevistar al padre Hernán Astudillo. En la preparación inicial para esta entrevista es muchísimo lo que he leído sobre él. Se dice que es un hombre de acción, lleno de dinamismo, visión, y quien tiene un alto aprecio por las artes y la música, cosas que de hecho nunca faltan en sus sermones dominicales cada vez que predica al frente de su congregación, en su gran mayoría hispanos, que semana a semana abarrotan la Iglesia Anglicana de San Lorenzo. Es mucho más lo que se dice de su obra y los proyectos que ha realizado con la comunidad hispana en los pocos años que lleva viviendo aquí en Toronto.

Entro a la oficina y el padre Hernán, con una sonrisa, me invita a sentarme, y es así como damos inicio a nuestra conversación. El instantáneamente me hace sentir cómoda y en confianza. La imagen de la figura religiosa autoritaria e imponente que yo esperaba encontrar se desvanece casi de inmediato, al momento que el Padre Astudillo me empieza a contar el relato de su vida.

El padre Hernán Astudillo nació en el pequeño pueblo de El Valle, a pocos minutos de la ciudad de Cuenca, en Ecuador. Es el tercero de siete hermanos — seis de ellos varones. “Somos la familia más pequeña, la menos numerosa, de toda mi familia,” dice el padre, “y somos una familia muy religiosa, muy católica — quizás más católica romana que el Vaticano.” Como toda familia tradicional, recuerda él, tenían que haber médicos, abogados, militares y por supuesto sacerdotes. La influencia religiosa ha estado presente desde siempre en su vida.

Desde muy niño, su padre, que era un experto en la malaria, trabajaba en conjunto con las comunidades indígenas y los sectores más pobres de la población para su erradicación, y es así que el padre Astudillo empieza a desenvolverse entre estas comunidades y a vivir y desarrollarse entre ellos.

Sus estudios primarios y secundarios los hizo rodeado de sacerdotes Salesianos. Él, siendo un muchacho dinámico y activo, se destacó en los deportes, especialmente fútbol, llegando hasta a jugar en la selección provincial, y casi llega a la selección nacional. También jugaba basketball, practicaba la natación, y corría casi 30 km por día. En esos tiempos se hizo también vegetariano, gracias a la influencia de un médico amigo de su padre. También desde esos tiempos, empieza su influencia en las artes y la música, haciendo poesía, escribiendo.

Su influencia religiosa, así mismo, fue siempre bastante grande. Dos grandes influencias fueron Monseñor Leonidas Proano, al que se le denominó el Obispo de los indígenas de las Américas y Monseñor Luis Alberto Luna Tobar, su obispo, profesor y mentor.

Vacaciones en comunidades indígenas

En sus años universitarios se preparó en Filosofía, Teología y Antropología. No siendo el típico seminarista, en sus vacaciones, en vez de quedarse viviendo la vida de “chico Dios” — como él humorísticamente lo describe — en el seminario, más bien buscaba compartir de cerca con las comunidades indígenas, donde aprendió a vivir en carne propia el dolor del pueblo. Le conmovía ver el porcentaje elevadísimo de madres de 40 años “completamente envejecidas, sin dentaduras y mal alimentadas,” nos cuenta. Al final de su último año de estudios opta por vivir entre ellos, y no solo aprende del trabajo arduo que las comunidades indígenas desarrollan — haciendo ladrillos, por ejemplo, un proceso que es increíblemente duro y que se realiza en condiciones inhumanas — sino que también sufre los males que los aquejan: desnutrición, anemia, parásitos, entre tantos. “Fue mi iniciativa,” dice Astudillo, “para yo entender el dolor del pueblo, ir, ver y reconocer como viven.”

En esos tiempos trabaja junto con el padre Leonardo Mentley, un sacerdote estadounidense radicado en Búfalo. Trabajaban en conjunto con las comunidades indígenas, pero por el tipo de trabajo que realizaban y por la inconformidad de muchos al ver que predicaban el mensaje de la teología de la liberación, había mucha represión.

Siguiendo la encíclica del papa Pablo Sexto, que insta a desarrollar el progreso de los pueblos, toma empleo con el Fondo Ecuatoriano Populorium Progreso. Su compromiso laboral y personal es el de “reforzar el movimiento indígena dando talleres de música popular; aprendiendo de ellos; escribiendo colecciones de cuentitos, porque ellos tienen sus historias; reforestando la zona con plantas originales de la zona.” No está solo. Es un trabajo en equipo. Él, como antropólogo, hacía investigaciones de la necesidad de la comunidad indígena. Lo acompañan un dietista y un ingeniero agrónomo, quien preparaba líderes, agrónomos populares.

Tras represión y persecución, decide venir a Canadá

Por estos mismos tiempos conoce a una muchacha que comparte sus mismos ideales de hacer trabajos con la gente pobre. Se casan y de la unión nace una niña, Manuela. Sin embargo, su trabajo con la comunidad continúa y la represión y persecución se acentúan, debido a su apoyo de varios levantamientos indígenas, viéndose forzado a abandonar Ecuador en 1994. Esto fue muy duro, especialmente el dejar a su niña, que para ese tiempo tenía solo un año. “Yo me acuerdo que estaba mi niña,” dice el padre Astudillo, “que era una preciosa patojita. Estaba así, boca abajo, en la cunita, y yo no pude decirle adiós. Eran las cinco de la mañana y se me caían las lágrimas. Ella era mi juguete, mi ilusión.”

Cargando no más que unos pocos efectos personales y un par de instrumentos musicales andinos — un rondador y una quena — y una lista de organizaciones que podrían ayudarlo, el padre Astudillo llega a Canadá y se establece en King City, con la ayuda de su amigo Jorge Suárez. Gracias a organizaciones de la ciudad encargadas de ayudar a nuevos inmigrantes, conoce personas como Ana María Jackson y Betty Dilio, que le ayudaron en un principio.

Una noche, cuenta el padre, lo invitan a una reunión de personas que hacían trabajos de solidaridad. Todos estaban tocando la guitarra y Jane Nichols, una muchacha canadiense, preguntó si alguien mas tocaba la guitarra. El padre Astudillo dijo “Yo.” “La guitarra era de ella,” relata Astudillo, “Y yo estaba bien mal porque estaba pensando en mi niña, en su mamá… Entonces cogí la guitarra y creo que toqué con las cuerdas del corazón. Cuando terminé a todos les gustó la canción. Al último que se acaba la fiesta, ella me dijo, ‘Hernán, toma, es tu guitarra.’ Me regaló la guitarra. Me conmovió eso: me regaló la guitarra.” El padre señala una esquina de su oficina y me dice, “Allí tengo todavía mi guitarra. Siempre la cargo.”

Padre Hernan Astudillo, Guitarra

Para buscar una manera de sobrevivir en Toronto, al padre se le ocurre que “tengo que poner en práctica mis habilidades.” Con guitarra en mano y su rondador, empezó a tocar afuera de la tienda Los Incas Crafts, cerca de Spadina y Bloor y también frente a la iglesia Holy Trinity. Así empezó sobreviviendo para pagar la renta de su cuarto. “Habían pasado tres o cuatro meses y me enteré que habían cogido presos a dos de mis compañeros. Los habían torturado. El uno recibió siete tiros, el otro seis.” Entonces decidió trabajar de lunes a jueves para colectar el dinero para su esposa e hija, y el viernes trabajaba para su amigo que estaba en la cárcel. Afortunadamente sus dos amigos sobrevivieron. “Uno es sacerdote anglicano y el otro sigue trabajando con las comunidades,” relata Astudillo.

El padre Astudillo dice creer mucho en la providencia divina. Es así como explica haberse conectado con David Hamid, quien trabajaba en la Oficina Nacional de la Iglesia Anglicana y que ha jugado un papel muy importante en su vida. Fue Hamid quien le ofreció la oportunidad de estudiar en la Universidad de Toronto, tras haber sido encomendado por Monseñor Luna Tobar para cuidar de “un muchacho ecuatoriano que está en Toronto,” según cuenta el Padre Astudillo.
La casualidad — o providencia — fue mayor, porque el padre Astudillo ya conocía a Hamid, a quien conoció por pura casualidad. “Es interesante la providencia”, dice el padre Astudillo. “Así es como yo realmente me conecté con la Iglesia Anglicana,” Siempre a través de Hamid, empieza a colaborar en la formación de esta entre la comunidad hispana.

Cuenta el padre que así fue que empezó a conocer la iglesia anglicana — con reserva y miedo — porque venia con la mentalidad de que “uno tiene una visión católica romana y eso es lo que vale en el mundo y lo demás es basura. Es lo que nos han enseñado.”

Llegando descubre que hay una cantidad de ex-sacerdotes católicos romanos, ex-jesuitas, ex-carmelitas, dominicos. “Y me quedo espantado. Mas bien descubro que la iglesia Anglicana es una iglesia más católica que la iglesia romana, porque la estructura es más participativa. Y es lo que nosotros, en la iglesia de la teología de la liberación en América Latina, luchamos para que haya una participación de los derechos equitativos, especialmente el derecho de la participación de la mujer, que no la tenemos. Y la mujer es el ser más precioso, más lindo, y con mucha humildad hay que aceptar, es la que nos lleva la batuta a nosotros en muchas cosas. Y por machismos, por la incapacidad de no querer aceptar, por todas esas cosas, no podemos ver crecer el desarrollo de nuestros pueblos.” Continúa explicando el padre, “Cuando veo, descubro y entiendo este lenguaje, opto por el sacerdocio anglicano.”

Pensando que por todos sus estudios de teología, filosofía y antropología, le sería fácil convertirse en sacerdote anglicano, Betty Jordan le dice, “No, porque dada la opción de que puedes ser casado, implica que tienes que aprender a hacer trabajo de género.” Como resultado, lo mandan a estudiar dos materias sobre género, con el objetivo de “aprender a respetar las condiciones de otro mundo, y aprender a respetar y crecer en equidad.”

En 1998 fue ordenado Diácono Transitorio. Los otros sacerdotes son asignados a otros lugares y el Padre Astudillo vuelve a quedarse solo.

En sus inicios hace actividades pastorales en el sótano de una de las iglesias de otro diácono canadiense, pero eventualmente, con una pequeña congregación de dos familias, encuentran la Iglesia San Lorenzo, que está de venta. Le proponen a la mayor autoridad de la Iglesia Anglicana, la Obispo Victoria Matthews, que la compren, y ella acepta, con la condición de que encuentren por sus propios medios los $8,000 que cuesta el mantenimiento de la misma. ”Alli es cuando nosotros los pobres siempre soñamos,” dice el Padre.

Festival Inti Raimy

Viendo la necesidad que existía, y buscando un medio de encontrar el dinero para el mantenimiento de la iglesia, al padre se le ocurre empezar el festival Inti Raimy. También lo motivan las experiencias que ha tenido con “los pioneros”, a través de su experiencia con su grupo, Surco, un taller que él formó para hacer música y danza, y de paso atraer a la gente “con la lengua de nuestro pueblo,” como dice él.

“Los pioneros de la comunidad,” dice el padre Astudillo, “ellos lo que hacen es festivales grandes pero no para la comunidad, sino para ellos, porque los beneficios de esos festivales son su trabajo anual. Un pionero de la comunidad organiza un festival, ha sacado $40,000 de profit (ganancia). ¿A donde van? ¿A la comunidad? Ojo. Va al pionero organizador del festival. Nosotros somos conejillos de indias. Nosotros somos usados para cantar, para saltar, para bailar, y allí, si es que el músico tiene suerte, recibirá un frijolito. Y si no tiene suerte le dicen que le dan la oportunidad para exponerse. El típico lenguaje. Y viví todo eso.” Lo vivió, por ejemplo, cuando para conseguir el dinero para los trajes de los bailarines de su grupo, “recogíamos la basura de todo el festival para que nos dieran un puestito para vender la comida. Así nosotros vendíamos $2,000 en comida, y con ese dinero comprábamos ropa para los danzarines.”

El festival Inti Raimy lo inició, dice el padre, “para poder crecer.” El primer festival, hace cinco años, lo hicieron junto con los indígenas canadienses. “Los indígenas canadienses le daban a sus músicos un chequecito porque ellos tenían como sacar dinero. Y yo no tenía como pagar — no teníamos dinero. Y yo pagaba a mis músicos con platos de arroz con carne y frijoles. Y nuestros músicos eran felices.” En el primer festival que se realizó en el parqueo de la iglesia tuvieron una ganancia de $150 dólares. Cuando lo movieron al parque de Christie, perdieron $950. Eventualmente vieron las ganancias, y lo que se ganaba en Inti Raimy era para el mantenimiento del trabajo de la iglesia y para actividades humanitarias. “El Inti Raimy se convirtió en la fiesta del pueblo, la plaza del pueblo.”

Por estos tiempos también se creó el Centro Comunitario San Lorenzo, que era un lugar donde se daban talleres por grupos y actos culturales que él traía desde el Ecuador. “Es decir, creamos una escuela de arte.” El padre Astudillo está particularmente orgulloso del centro comunitario, ya que él dice, “Estoy hablándole que es realmente el arte, la espiritualidad, el trabajo comunitario, lo que ha creado los sueños para otras necesidades.”

Nace la Radio comunitaria

Por su experiencia en las comunidades indígenas, en donde la radio comunitaria es un medio no solo para comunicarse, sino para educar, el padre Astudillo observa que la comunidad hispana en Toronto no tiene una voz, y ve la necesidad de crear un medio de comunicación como lo es una radio comunitaria. Le pregunto si no lo disuade el hecho de no tener ninguna experiencia en radio, y él me contesta, “Mi experiencia es más buscar los recursos y ver las necesidades de las comunidades. Mi experiencia es más tener una oreja grande, un hombro grande para escuchar y ver qué está pasando, ver el dolor del pueblo, reciclarlo y convertirlo en esperanza.”

Inicialmente, busca información sobre como empezar este proyecto yendo a las oficinas de la CRTC; trámites que resultaron frustrantes por su limitado inglés y por la burocracia que envuelve un proyecto de esta magnitud. Sin embargo, su entusiasmo no decae y eventualmente, con la ayuda de personas como Pedro Sánchez y Miguel Lima, que desde un inicio fueron entusiastas del proyecto, completan las solicitudes y obtienen una audiencia para presentar el proyecto ante la CRTC.

Oficina del centro comunitario San LorenzoEn el año 2001, el padre Astudillo convoca a varios miembros de la comunidad para discutir el proyecto de la radio, pero la reunión se interrumpe al recibir la noticia del terrible terremoto que devastó el Salvador en ese año. El padre Astudillo, poniendo el proyecto de la radio a un lado, abre las puertas de la iglesia y la gente se desborda para donar alimentos, ropa y dinero para las víctimas del terremoto. Sintiéndose responsable directo de tantas donaciones, el padre ve nacer uno de sus más grandes proyectos, que continúa creciendo hasta el día de hoy: La Caravana de la Esperanza. Varios buses, que él encabeza, traen la ayuda recolectada en ese año directamente a las zonas afectadas. De esta manera el padre Astudillo se asegura que las donaciones llegarán a quien realmente lo necesita. La Caravana de la Esperanza se lleva a cabo anualmente a partir de ese año.

A su regreso, el proyecto de la radio se reinicia y en Septiembre del año 2002 tienen la audiencia con la CRTC, tras conseguir innumerables cartas de apoyo de entidades comunitarias hispanas y canadienses. Esa tarde, un grupo mixto de representantes comunitarios lo acompañan para presentar la noción ante la CRTC. Relata el padre Astudillo, “Estaba un panel de cuatro personas y una señora bravísima entre ellos. Teníamos diez minutos cada organización para exponer el tema y a todos los miraba de mala cara. Todos venían de grandes compañías y con abogados que les apoyaban. Nosotros sin nada… pero la señora se rió. Y yo le dije a Linda, ‘Sabes que? Se rió la señora. Se rió. La hicimos reír.” Después de la audiencia, pasaron muchos meses para escuchar la respuesta de la CRTC. Llegó Abril y el día después de su cumpleaños, como un regalo especial de la providencia, la solicitud de la radio fue aprobada.

“Allí empezó toda la locura de la construcción. Gracias a esta parroquia que nosotros tenemos, la San Lorenzo, nosotros hemos logrado levantar todo este trabajo de la radio comunitaria.” El trabajo no los acongoja, dice el padre. “Todo el trabajo que hemos llevado al inicio fue, yo le diría, una bendición. Nosotros nos hemos visto las gotas de sudor, como las lágrimas, el esfuerzo de levantar todo este trabajo, con la gente, sencilla. Es todo un trabajo de base, comunitario realmente.”

Para trabajar en la radio, existe una especie de escuela, un taller en donde todos los voluntarios aprenden lo necesario para trabajar en el medio. “Un proceso de discernimiento,” dice el padre.
Sin embargo, la experiencia no ha sido enteramente satisfactoria. Fueron muchas las personas, cuenta el Padre Astudillo, que “supuestamente” habían hecho radio antes en Toronto, que vinieron cuando todo estaba ya terminado. Llegaron con arrogancia a ofrecer sus servicios, pidiendo salarios al poco tiempo de estar trabajando en la radio. La gente que ha estado trabajando desde las bases, se han conformado con lo que se les ha ofrecido.
Actualmente cuentan con casi 200 voluntarios manejando la radio, pero cinco personas de planta, a los que se les da un estipendio mínimo que en realidad no es suficiente para vivir.

Pero nunca faltan las personas que no están de acuerdo con los proyectos que ha iniciado el padre Astudillo. Cuando la radio Voces Latinas fue finalmente al aire, hubo un grupo que se quejó, a través de un periódico, de la democracia — ó falta de — en el manejo de la radio y que exigían al padre Astudillo que se aclarara quienes eran los empleados y que hasta lo acusaron de tener cuatro salarios y muchas cosas más. “Cosas que solamente gente que no tiene experiencia en trabajos con la comunidad puede decir,” dice el padre Astudillo.

Hoy por hoy, el padre ha mostrado con hechos su dirección, su visión y sus intenciones. La gente lo sigue, lo busca y lo escucha. Su credibilidad ante la comunidad no ha sido manchada por los ataques a los que ha sido víctima, los que él describe como “casi siete meses de persecución psicológica, cartas, e-mail difamantes de medios de comunicación que se prestaron a esto, acusándolo de corrupto, delincuente, demente, con deficiencia intelectual.” Las pruebas de su honestidad, credibilidad y dedicación están palpables en los proyectos que él ha iniciado y que siguen vivos y creciendo en la comunidad. “Cuando existe todo un éxito en el trabajo que tenemos, y hay alguien que tiene que mandar un e-mail tratando de ponerme de lo más desastroso, eso me pone en un proceso de discernimiento y me pone a pensar que estamos haciendo algo. Y me alimenta.” No viendo la necesidad de reaccionar negativamente, de buscar retaliación, el padre dice que “lo que puedo hacer, si me dan la oportunidad, es darles un abrazo. Si la mano, darles la mano con mucho calor humano, y mostrarles una sonrisa desde el fondo de mi corazón, porque entiendo que son gente que necesitan bastante cariño, ya que no hay cariño y convencimiento espiritual de su parte. Lo que hacen es expresarse negativamente para destruir algo que la comunidad necesita.”

Ya casi dada por terminada esta entrevista, y tras observar que afuera son muchas las personas que esperan ver al padre, me doy cuenta que es mucha la gente que lo visita para desahogarse y presentarles sus problemas. Cuando el problema no se puede resolver, dice el padre, cuando es mucha la miseria y los problemas que lo rodean, algo que ha aprendido es a “reciclar y discernir.” A entender el dolor del pueblo -- la parte sin esperanza -- y saber que hay que aceptar porque siempre hay una luz al final que eventualmente se convierte en un oceano de claridad y allí es cuando se pueden ver mejor las cosas. “Hay que tener persistencia, paciencia, compasión para que la sabiduría brille como tiene que brillar,” dice él.

Le pregunto qué lo inspira, qué lo motiva. “Mi inspiración espiritual es Dalai Lama. Para mi Dalai Lama es el líder espiritual del mundo. Espiritualmente sostiene a su pueblo desde el exilio. No lo sostiene de una catedral grandota con oro, con mirra y con plata, ni es servido como rey. Y la calidad espiritual que él tiene es increíble. Mi inspiración de lucha y de resistencia en la vida es Don Nelson Mandela, un hombre que vivió 27 años en la cárcel. Y después de salir, regresó a la celda, y a los mismos criminales, a los mismos que lo trataron mal, los sonrió y los perdonó.”

Su hija Manuela, que llegó a Toronto hace cinco años junto con su madre, tiene ya 14 años y decidió venirse a vivir con él. “Los dos somos locos, papá e hija.” El padre me cuenta que la niña, al igual que él, es artística. Estudia piano. Los viernes toma clases de danza folclórica. Le gusta la radio, pero el padre no ha querido introducirla de lleno “por conflicto de interés, por respeto a las comunidades.”

Hacia el futuro

Sus tres grandes proyectos ya casi se manejan solos. La Caravana de la Esperanza, que él mira como el lenguaje internacional y local, “esta semi-estabilizado,” después de cinco años, dice el padre Astudillo. La radio ya prácticamente tiene su forma y gente que la lleva, y el centro comunitario es el que le va poniendo la dirección a la radio (Voces Latinas) y al periódico (Primera Plana.)

Y en el futuro, le pregunto yo, ¿que otros planes y proyectos tiene? El padre mira hacia el horizonte, casi transportándose a otro lugar, y me dice que el sueño grande es construir un edificio en las tierras aledañas a la radio para construir una iglesia. Una iglesia para que vengan los miembros de la comunidad y saquen su dolor y frustración diaria; en donde esté la radio que hable de la diáspora, el dolor y la esperanza, así como del periódico. Pero en los diez pisos hacer un hogar para “nuestros viejitos”, dice él, motivado por la situación en la que viven, “donde ellos puedan tener un espacio de su propia lengua, su propia comida, sus propias relaciones culturales. Un espacio donde puedan saborear su modus vivendi, su manera de ser.” A este proyecto ya le está dando seguimiento, trabajando con personas como Antonio Palacios, un arquitecto, y Jennifer Smith, una urbanista.

Que piensa de la comunidad latina en Toronto, le pregunto. Él me contesta, “La comunidad latina es una comunidad linda, preciosa… es el pueblo de Israel de hace 5,000 años, que buscaba la tierra prometida, que luchaba por conseguir algo, con esperanza para sus niños. La comunidad latinoamericana es un pueblo en diáspora, que ha salido para Europa, para Estados Unidos, para todo el mundo, porque busca esperanza para sus hijos. No salen de su país porque quieren salir a hacer daño. Salen porque quieren esperanza y futuro. Pero esta comunidad lo que necesita es dirección, liderazgo, y necesita líderes que trabajen desinteresadamente. No necesita pioneros que sobrevivan del dolor de este pueblo. Lo que hay que hacer es un trabajo de arte, y esto consiste en ubicar las piezas de acuerdo a las habilidades que tenemos y de allí construimos el sueño de la comunidad. Es bien fácil cuando existe el interés innato y el desinterés económico por llevar esto adelante.”

Ya para despedirnos, le pregunto que si hay algo que quisiera transmitirle a la comunidad. “Si quieren saber algo de mí, vengan a visitarme, porque para mí es difícil ir a visitarlos a todos,” dice él. “Si quieren compartir conmigo, soñemos juntos. Soñar no cuesta absolutamente nada. El sueño es la parte esencial de los pobres y los pobres tenemos sueños muy preciosos. Lo único que hay que hacer es que estos sueños se vayan matizando, que no nos olvidemos de la memoria histórica. La historia es muy importante, y es como un espejo donde podemos ver lo que está pasando. Que nuestro miedo, nuestras frustraciones, nuestro dolor, lo pongamos en un plato, lo cocinemos conjuntamente, lo reciclemos, que aún lo malo que puede haber en nuestra comunidad, nosotros podemos convertirlo en bueno, y que toda esta bondad, con la providencia, va a dar un plato de comida especial para las generaciones nuestras que vienen atrás, porque hoy es el tiempo de poner bases firmes, poner pilares sólidos para que esta casa tenga el calor humano que todos necesitamos.”

Eventualmente el Padre Astudillo espera retirarse, cuando ya todo marche viento en popa: la radio, el periódico, con la ayuda de Dios, el edificio para “nuestros viejitos.” Cuando ya mire que el liderazgo sigue creciendo en otra gente y que hay gente capaz de continuar con los proyectos que él ha empezado, él se mira “poniendo semillitas en otros lugares,” en otros países de Latinoamérica, en Canadá, Estados Unidos y donde la necesidad lo llame.

 


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Artículo publicado 13 de diciembre de 2005

Entrevista: Alma Sandoval Betancourth asandoval61@rogers.com
 
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