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Cartas de opinión

Dilema de la tercera edad


Responsabilidad familiar,
comunitaria, no gubernamental.

Toronto. Para comenzar confieso mi edad. Tengo 70 años. Cumplidos. Uno más de esos desgraciados a quienes algunas personas más jóvenes, y supuestamente más inteligentes, les dan por referirse con el detestable y paternalista remoquete de abuelos o personas de la tercera edad. Como para evitar llamarnos por lo que somos. Como si decir viejo o anciano fuese motivo de lástima. Se equivocan. Viejo verde lo es. Viejo, no.

Debo confesar también que no darán mis huesos en una de esas bodegas para ancianos con nombres tan inverosímiles como Valle Verde, Puertas del Paraíso y epítetos por el estilo. Los utilizan las corporaciones norteamericanas para aligerar el remordimiento de conciencia al deshacernos del ser querido. Hay que rendirles el sombrero. En este particular, los relacionistas públicos se superan. Excelente creatividad. Denominan así las bodegas humanas logrando convencer al consumidor de que es perfectamente normal descartar en ellas al septuagenario pariente. Firmen los papeles. Tráiganos al entenado. No se preocupen. Queda en buenas manos. Es la última etapa de integración al proceso canadiense. Funciona a las mil maravillas. Por lo visto hay quienes desesperan porque lo admitan a la antesala de la funeraria.

Lo curioso es el dilema suscitado por la insistencia que el gobierno subsidie la estadía del familiar en las bodegas. Pierdan las esperanzas. Lo dijo claramente Sandra González Ponce, Consultora de la Unidad de Arrendamientos y Servicios Comunitarios. La lista de espera es larga y con mayores obstáculos que el camino al infierno. No se necesita ser matemático para calcular que pasados los 70 años y según las circunstancias del individuo, quien tenga que esperar entre 1-5, 7-10, 5-10 o 10-15 años para encontrar alojamiento más le valdría finalizar planes con la funeraria. Ese turno le llegará antes que el otro.

Lo ilógico de la demanda es depositar nuestras esperanzas en que el gobierno resuelva una responsabilidad que en la cultura y tradición hispana jamás fue de su competencia. Nuestros viejos vivían y morían en casa. Como debe ser. Su papel era brindar compañía, apoyo y la sagacidad adquirida por años de vida y experiencia al resto de la familia. En algunos casos, pocos y contados, hay residencias de ancianos. Principalmente para indigentes. Ninguna familia respetable, rica o pobre, depositaría al ser querido en uno de esos inmundos lugares que se denominaban Asilos de Ancianos, nombrecito tan ruin como los hospitales siquiátricos llamados Asilos de Locos.

¿Por qué, entonces, ir contra la costumbre y demandar este foráneo estilo de vida en Canadá? Nadie nos lo da en nuestros países de origen. ¿Porque así es en la cultura anglosajona? ¿Porque con el trabajo, los hijos y la vida social tan agitada no tenemos tiempo para cuidar a nuestros seres queridos en la última etapa? ¿Porque los italianos, los polacos o los griegos así le empeñan los parientes a otros? ¿Porque es la moda? ¿Por conveniencia, quizás? Está bien. Por las razones que sea. Sin embargo es ridículo demandar que el gobierno resuelva lo que no le incumbe. El dilema es nuestro.

Urge recordar lo más elemental en esta cultura. En Canadá nada es gratis. Descartar a nuestros ancianos tiene un precio. Elevado. Si intentamos colocarlos en viviendas, la familia tendrá que pagar por el privilegio. Si la comunidad es demasiado reducida para cabildear por algo que no es prioritario para los burócratas, entonces habrá que recurrir a los recursos existentes. Habrá que amañárselas para construir viviendas a precios razonables. Habrá que reconocer que a pesar de nombres atractivos como Nuevo Horizontes, no se trata de centros caritativos. Son negocios que producen ganancias al inversionista. A costillas de nuestros padres y nuestro trabajo. Negocios ya sea que los maneje el gobierno a precio reducido o empresas particulares a precios astronómicos. En otras palabras, no muy diferentes de las funerarias o de los supermercados. Los hay de lujo y los hay que más razonables. Para todos los gustos y bolsillos. Pero cuestan.

Si deseamos el servicio, nada más lógico que recurrir a los inversionistas comunitarios en condiciones de suministrarlos. En Toronto y sus alrededores sobran agentes de bienes y raíces y dueños de inmobiliarias bien establecidos y bien capacitados de construir las viviendas. Ellos son los vehículos llamados a erigir las facilidades y por supuesto, a beneficiarse económicamente del lucrativo negocio.

Para lograrlo exitosamente es esencial que abandonemos la idea de que depositar al pariente en viviendas es una obra de caridad. No lo es. Se trata simple y llanamente de otro negocio más en una sociedad consumista en donde el costo de operaciones se mide por la oferta y la demanda. Una vez que aceptemos esta realidad, será hora de empacar las maletas del anciano y conducirlo al viaje de ida solamente.

Por: Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York.




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