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¿Divorcio en la Mira?
Harper Fracasa en Luna de Miel
Fue brevísima la luna de miel. Apenas duró una semana. En la primera noche de pasión política, el flamante novio sucumbió a un ataque de machismo. Descartando el cinturón de castidad, abandonó el conservador lecho matrimonial. Cometió lo impensable. Sedujo públicamente a uno de los pretendientes de la novia. Se acostó con un liberal. Se le vino encima familia y cortejo.
Tremendo escándalo. De los que suelen ocurrir cuando la pareja se casa encañonada. Por obligación. Porque no hay otro palo en que ahorcarse. El romance se desplomó. ¡Pecado! exclamaría mi mujer italiana. Ni siquiera celebraron el Día de los Enamorados. Mal agüero. Mal matrimonio. Mal comienzo para Stephen Harper.
Ottawa, la novia, está perpleja. ¿Qué pasó con los juramentos de ética? ¿Qué pasó con las promesas de fidelidad? ¿Qué pasó con los votos de lealtad y de amor eterno del partido más conservador y puro del mundo? Pues, nada, tontitos. Esas cosas quedan en el altar. Con la virginidad. Terminada la ceremonia, las promesas políticas se lanzan al aire. Junto al ramo de flores de la novia. Se desparraman los pétalos. Los pisotea la turba. Se retira al bar. Se brinda por el próximo festejo. Hasta entonces, es la deliciosa, perversa comidilla del día.
No culpemos a la concurrencia por disfrutar maliciosamente del fracaso matrimonial. Es saludable para Canadá. Nuestro sentido de humor es tan limitado que no podemos pasar por alto la gloriosa oportunidad de carcajearnos a pierna suelta de las trastadas de nuestros líderes. La miseria de otros inspira al comediante. Deleita al público. Mejor ellos que yo.
Nada mejor que le ocurra a nuestro nuevo Primer Ministro. Por jactancioso. Por arrogante. Se las daba de pulcro y fino. Como la cuita de la gallina, decía mi madre. En su mandato no se repetirían los pecados mortales del Partido Liberal. Gobernaría con ética. Sin favoritismo ni patrocinio. En menos de lo que canta un gallo, ahora sabemos que no es así. No es lo mismo verla venir que platicar con ella, dice el refrán. Lo ignoró Harper.
Como cualquier mortal, el Primer Ministro sucumbió a la tentación. Pecó de imprudente. Al día siguiente del triunfo electoral, Harper llamó al liberal David Emerson, elegido al Parlamento por Kingsway-Vancúver, Colombia Británica, donde los conservadores terminaron en un distante tercer lugar. Harper le ofreció a Emerson el Ministerio de Comercio a condición de pasarse a las filas conservadoras. ¡Ah! ¡Débil es la carne! Emerson aceptó la oferta. Se consumó la seducción.
No tan rápido. Los electores de Emerson en Vancúver pegaron el grito al cielo. ¡Traidor! Te elegimos para representar al liberalismo en Ottawa. Nos pusiste los cuernos. ¡Desgraciado! ¡Sinvergüenza!… Y epítetos por el estilo que no se repiten en periódicos de familia.
El resto de Canadá se encoge de hombros y colectivamente observa ombligos. La ética política es cuento de comadres. ¿No fue por falta de ética que echamos del poder a Paul Martin? ¡Todos son iguales! ¡Ya le ajustaremos cuentas! Pero hay hartas razones para sentirnos defraudados. El comportamiento de arranque de Harper, paladín anti gay e insigne promotor de tradicionales valores cristianos y de ética parlamentaria, desdice de sus cacareados principios. En la primera oportunidad que se le presenta se mete en cama con el enemigo a cambio de golosinas políticas.
Emerson no es niña inocente. Bien sabía en lo que estaba. Fue Ministro en el gobierno de Martin. Le gustaron los privilegios. Le bailaron deslumbrante oferta. Hizo caso omiso de conciencia y de lealtad con sus correligionarios. Capituló al oportunismo.
Se equivocaron ambos. Descartaron el furor en Vancúver que ahora demanda a grito partido la renuncia de Emerson del partido liberal. Demanda que se declare vacía su representación parlamentaria. Demanda nuevas elecciones. Rechazan la representación del lobo conservador que triunfó en las urnas vestido en piel de oveja liberal. Tiene razón. De haberse presentado Emerson como candidato conservador, habría perdido miserablemente las elecciones en Kingsway-Vancúver.
Sus días en Parlamento y en la cartera ministerial están contados. Emersón tendrá que renunciar. En las circunstancias carece de acreditación y de credibilidad. Simplemente se hace pasar por conservador sin que le hayan elegido. De ahí que tampoco merezca descargar responsabilidades ministeriales en Ottawa.
Harper ya no es incógnita. Se destapó la olla. Huele mal el caldo. En su ambición por el poder hizo promesas de ética que obviamente no cumpliría. Su reacción ante el furor en Vancúver y en el resto de Canadá por el nombramiento de Emerson y de Jacques Portier, de la Provincia de Québec quien sin elección al Parlamento fue nombrado Senador y Ministro de Obras Pública por Harper, habla volúmenes de su persona, de su ética y de su disposición al favoritismo y al patrocinio que tanto denunció. Según Harper, los reclamos son “distracciones superficiales.” Ya veremos. Ya veremos. En gobiernos minoritarios no hay luna de miel para consortes autócratas. Canadá será ingenuo pero no es inocente.
Por: Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York.
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