|
Políticamente correcto
En el espíritu de Navidad: divertirse ahora, pagar después
Pastor Valle.Garay (Especial para Toronto Hispano)
No cabe duda. Estamos en plena temporada navideña. Es la celebración de locos y de locuras por excelencia. Poco cristiana. En los Estados Unidos existe la curiosa tradición, gracias al ingenio de las grandes corporaciones comerciales, de iniciarse las compras de Navidad inmediatamente después del Día de Acción de Gracias. No tiene sentido pero millones de personas se hartan de pavo y salen a hacer la digestión formando inmensas colas frente a los almacenes. Serán los primeros en derrochar el patrimonio de la familia. Se producen estampidas, como en el encierro de toros por las calles de San Fermín en España.
Este año no fue diferente. Al abrirse las tiendas, la clientela irrumpió estrepitosamente. Centenares dieron contra el suelo. Lo que les seguían campantemente caminaron sobre los tendidos. Un puente humano natural. Una pobre mujer perdió su horrorosa peluca al caer. Varios la pisotearon pero se recuperó, se levantó, se la colocó de medio lado y siguió adelante con sus compras. En un Wal Mart media docena de tipos se dieron de puñetazos tratándo de arrebatarse un aparato de videos a precio de ganga.
En Boston el reverendo Jerry Falwell pegó el grito al cielo. Los padres de la ciudad, conformándose a lo políticamente correcto, le cambiaron el nombre al arbolito de Navidad. Lo nombraron árbol Festivo. ¡Para qué más! Los cristianos de Boston se alzaron en armas. “¡Se quieren robar la Navidad!” vociferó Falwell su apoyo. ¡Quién sabe! El programa televisado del ultra conservador reverendo le recauda millones de dólares en donaciones durante el año. La temporada navideña es la más productiva para la iglesia fundamentalista de Falwell. ¿Intereses creados? Quizás. En una democracia, cada quien le reza al santo de su devoción.
El mío me tiene en la calle. Limpia la cuenta del banco. Sobrecargadas las tarjetas de crédito. Ni un centavo en el bolsillo. Víctima otra vez del síndrome de Navidad. Como de costumbre, no me vacuné a tiempo. Como de costumbre, no hay antibióticos. Tampoco hay ayuda gubernamental ni caritativa. Económicamente el Año Nuevo augura peores estragos que la pandemia aviaria. Tiene más suerte la chica soltera al sostener relaciones sexuales sin protección preventiva. Al día siguiente corre a la farmacia, ordena la mágica pildorita del “día después” y sanseacabó el temor del embarazo.
En mi caso, y en el de millones de padres en Norteamérica, no hay contraceptivo navideño. Toneladas de aspirinas, sí. Wiskey, por supuesto. Es imprescindible. No debe faltar en ningún hogar con prole. Aminora temporalmente el trancazo de cuentas rezagadas. Nada más embarazoso que enfrentar la realidad de empeñar casa y mujer y contemplar 10 años consecutivos trabajando día y noche para a duras penas cubrir los intereses de los regalos navideños.
Los canadienses son más sensatos. Comienzan a comprar en junio. Se evitan así el golpe de sopetón a la cartera en diciembre. Adquieren los regalos en baratillos y los esconden en preseleccionados recovecos caseros hasta la Nochebuena. Algunos no los encontrarán jamás pero no importa. Se economizan un capital. Los más inteligentes se disparan de vacaciones por dos semanas a Cuba o México. Con todos los gastos pagados. Resulta más económico y divertido pasar Navidad y Año Nuevo en cualquier lugar exótico que en Toronto. Nos lo restriegan en la cara también. Correos electrónicos, fotos playeras, gente bellamente bronceada y ron a lo descocido bajo un sol calcinador. Dan ganas de estrangular a los desgraciados pero debo admitir que es pura envidia. ¡No tienen pelo de tonto!
Los demás cristianos pasamos las de Caín. Nuestros chicos, cuatro varones entre los 5 y 15 años de edad, imitan a los canadienses que da horror. Sus planes navideños también comienzan en junio. Es decir, comienzan sus listas de regalos. Para los padres es el equivalente de una bancarrota planificada en donde se acumulan interminables pedidos a Papa Noel. Mi mujer y yo se las escondemos pero es inútil. La determinación de nuestros hijos es tan eficaz como la práctica canadiense de comprar regalos con anticipación. Sus listas vuelven a reaparecer. Más frescas. Más largas que antes. ¡Y qué listas!
Por una de ellas me asombra la rapidez conque nuestro hijo menor aprendió a dominar el alfabeto. Escribiendo listas. Cortesía del inmisericorde bombardeo de comerciales en la televisión infantil. Antonio se sabe de memoria las ofertas de juguetes. Por suerte este año no aprendió a deletrear Lamborghini. No se lo vamos a enseñar. Pero ha desarrollado tal preferencia por el renombrado automovilito italiano, gusto heredado de su madre napolitana, que uno de estos días lo pide. Cuando nos presente esa solicitud, le daré la fatal noticia: Hijo, no hay Papa Noel. Punto.
Pero si a falta de pan, buena son las tortillas nadie se lo ha dicho a los chinos y a los japoneses. No fabrican tortillas. Fabrican X-Box, con la virtual capacidad electrónica de comenzar la Tercera Guerra Mundial. A control remoto. Mil dolaretes, plis. ¿Cartuchos de juego? Mínimo $75 dólares extra. Cada uno. ¡Joder! A ese precio si mis hijos quieren acción pues que ahí está Irak. Necesitan voluntarios.
¿Balones de fútbol? ¡Ni pensarlo! En nuestra liga, donde la inscripción cuesta un ojo de la cara, los regalan. Han acumulado más de treinta. El mayorcito quiere un aparatito I-pod. No tengo la menor idea de sus funciones pero por su astronómico precio, deben ser endemoniadas. De $400 dólares para arriba. Según el experto veredicto de Alejandro, los más baratos no sirven para nada. ¡Ah! Mientras hablamos de electrónica, no olvidemos los teléfonos. Perdón, celulares. Los teléfonos ya no existen. Han sido reducidos a piezas de museo para padres y abuelos fuera de moda. Los últimos modelos vienen con pantallitas de televisión para enderezarle la vista al más bizco, y con cámara y archivo para millares de fotos. En algunos modelos hasta se habla con otras personas. Cuestan el otro ojo de la cara. Son tan indispensables que los venden en grupos. Para toda la familia. Igual que regalar una permanente deuda eterna con varias compañías de celulares.
“¿Quieres uno?” me preguntó mi mujer el otro día. - “¡Ni loco! le respondí.” – “Pero ¿cómo te aviso en caso de emergencia?” – “Como antes. Qué me toque la puerta el policía y me cuente lo que ocurrió.” – “¿Y si andas de parranda y no te consigue la poli?” – “Como siempre. Llama a los amigos y a todas mis cantinas favoritas. Tu radar nunca te ha fallado.”
Por supuesto que es ridículo añorar los tiempos de antaño cuando de niños nos satisfacía cualquier tontería. Tampoco pensemos que los niños de ahora en nuestros países de origen no padecen de avaricia. La epidemia es incontenible. Nos americanizamos. A veces da risa. En Centro América los Papa Noel de alquiler deambulan por los elegantes centros comerciales. No andan en trineos tirados por alces pero las mulas no lucen tan mal. Llevan el consabido traje rojo, si bien un poco desteñido, almohada caída donde debería estar la panza de la flaca imitación, y no falta el negro bigotazo en lugar de la blanca barba. A los niños les importa un pito. Tampoco tienen pelo de tonto. Piden a lo desgraciado porque saben que Papi y Mami, en su mejor espíritu de culpabilidad navideña, les darán lo que se les antoje. Después sufren. Con las cuentas. Igual que nosotros. ¡Feliz Navidad! No hay más remedio que disfrutarla. En enero nos lleva el diablo.
Escrito por: Pastor Valle-Garay
Senior Scholar, Universidad de York
Toronto,
Canadá - 2005
pastor@yorku.ca
|