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Navidad sin regalos
Hubiera querido que este mensaje tratara de una mesa llena de alimentos, preparada con mucho amor, donde el pavo ocupara un lugar de honor conmemorando esta fiesta. Hubiera querido que también hablara de niños corriendo alrededor del árbol abriendo muchos regalos que en esta fecha se acostumbran a obsequiar. Hubiera querido hablarles de la espera de ese día tan especial en reunión de todo el grupo familiar. Quisiera haber tratado tantas cosas bellas llenas de amor y alegría, que les hiciera saber que todo en este mundo marcha bien.
Pero muchas veces, la realidad de la vida no corresponde siempre a la Buena voluntad y los buenos deseos, que también en este mes de diciembre se suelen dar.
Esta como muchas navidades anteriores pudo ser así, como usted y yo hubiéramos querido leer y leímos tantas otras veces en notas periodísticas, tomándonos un tiempo libre, después de tanto correteo, sentados cómodamente en la sala de nuestra casa, contemplando acostumbrados como siempre a este típico ambiente navideño.
Llegados como inmigrantes y refugiados a Canadá, escapando de la injusticia social y del terrorismo que convulsiona y golpea a nuestros pobres pueblos, decidimos quedarnos en la provincia de Ontario.
Todo el grupo familiar, en número de 12, emigró en conjunto y al mismo tiempo. Papá, Mamá , hermanos, abuelos y hasta tíos, llegamos con la esperanza de un futuro mejor lejos de la sombra nefasta, cruel y asesina de la Guerra y el terror.
La gente que sabia de nuestro caso se sorprendía y nos felicitaba a la vez, pues pocas veces, veía una familia tan numerosa llegar.
Toda nuestra familia se preparó por este motivo para las fiestas navideñas.
Esperábamos con ansias la llegada del mes de diciembre. Este mes tenía para nosotros mucho de especial. No solo celebraríamos las fiestas de navidad por primera vez en suelo canadiense, celebraríamos también el primer año de nuestra llegada a este gran país. Observaríamos por primera vez la caída de la nieve. Celebraríamos el cumpleaños de dos de nuestros hijos mayores, los días 9 y 13.Y sobre todo la llegada de nuestra hermanita Ángela Valeria, que dios nos bendijo en traerla al mundo, pues nacería también en este mes.
Muchas razones para celebrar. Muchas razones de alegría que colmarían y no dejarían un solo día de este mes en ser motivo de alegría. Este mes y este año pasarían a la historia en las vidas de nuestra familia.
Llegó el ansiado mes y el esperado día del nacimiento de nuestra pequeña hermanita.
Cuando la familia entera se reunió para saludar a la recién nacida, ese mismo día recibimos la carta del tribunal de refugio con la ansiada respuesta. El Juez que tan amablemente nos había tratado en la audiencia, sorprendiéndose de la cantidad de familia que acudían en este caso, había desaprobado nuestra petición.
La alegría de la llegada al mundo de nuestra pequeña fue opacada por tan triste noticia.
Rápidamente la unión familiar y la alegría se convirtieron en depresión y tristeza, sobre todo para los más ancianos componentes de nuestro grupo.
La tranquila espera de la llegada de la navidad se convirtió en un desenfrenado correteo en busca de abogados que pudieran tomar nuestra defensa de apelación.
La ansiada espera de la caída de los primeros copos de nieve, nunca antes visto y esperada por primera vez, se convirtió en la tortura de tener que manejar hasta la ciudad de Toronto en busca de ayuda legal. No acostumbrados a manejar en nieve y con la tensión nerviosa que nos embargaba, esa primera vez se convirtió en un choque que dejó prácticamente el carro inservible.
Los pocos ahorros que se tenían para la cena y los regalos navideños, se fueron en ese correteo legal, y otros gastos de viaje, siendo imposible la reparación del carro.
No les voy a contar la depresión en la que se sumió mi tío Carlos quien perdió a su esposa y sus cuatro hijos en Perú, victima de una emboscada terrorista, encontrando una muerte horrible, quienes para el juez de inmigración solo calificó de "encontrarse en el momento y lugar equivocado". Como si a la muerte pudiera encontrársele en un lugar y en un momento distinto. Para él, quien permanece encerrado en su habitación, todo ha terminado.
Tampoco les hablaré de las esperanzas rotas de mi hermano mayor Daniel quien debido a sus excelentes calificaciones fue aceptado este año a Mc. Master. Trabajó día y noche para pagar su primer año donde terminó su primer semestre con las más altas calificaciones. Como refugiado solo tenia que pagar 4,000 dólares, ahora sin el caso de refugio, al cambiarle la tarifa, debe pagar 11,000 dólares el próximo año. Tendrá que dejar la Universidad.
Ni de las esperanzas de mi hermano Javier quien este año termina el High School y está entre los mejores de la escuela católica Bishop Ryan, habiendo ganado en este corto año incluso una beca para un evento en la Universidad de Waterloo, y ganar el primer puesto en un concurso de inventos, el tampoco podrá acudir a la universidad.
Tampoco les hablaré de la confianza que había puesto mi padre, un medico del army en nuestro país, quien dejó su carrera y logros profesionales y personales, para darnos un futuro mejor lejos de la violencia y la muerte que azota nuestros países, donde incluso directamente como en el caso de mi tío hemos sufrido la perdida en forma violenta de muchos de nuestros seres queridos. El todavía no puede ejercer en este país como medico, pues tiene que dar muchos exámenes. Gracias a dios salió solo con algunos moretones del accidente debido al mal tiempo y la inexperiencia de manejar en la nieve.
No quiero hablarles tampoco de la decepción de mis hermanos menores quienes no lograrán entender el porqué, debido a esta situación de emergencia y gastos de la familia en viajes a Toronto y gastos legales para evitar ser regresados a nuestro país, donde mi familia entera fue amenazada, debido al trabajo de mi papa, quizás no tengan bajo el árbol esta navidad ningún juguete.
Por ello de manera simbólica he colocado debajo de ese árbol vacío, la carta del juez de inmigración para que Santa al verla la recoja y se la devuelva al juez que tomó esa equivocada decisión. Pero quizás Santa cuando trate de encontrar la casa del Juez, no pueda encontrarla pues, creo que el juez al ser también un inmigrante de un país lejano donde no creen en la navidad y en el nacimiento de nuestro señor Jesucristo, no encuentre ninguna luz que le indique el lugar.
Quiero en cambio hablarles de la comprensión que espero tengan las autoridades para darles a muchas otras familias como la mía, que han recibido esta carta, la esperanza de que sus casos sean escuchados y resueltos.
Quiero hablarles del amor que debe inspirar en las personas que ven a los refugiados y que sepan que si están aquí es por un temor fundado.
Quiero además en medio de esta tormenta legal de miedos e inseguridades en nuestra familia, que espero pase pronto, desearles a todos ustedes una Feliz navidad.
Oscar Urbina, 12 años. colegio Elizabeth Bagshaw
javier33172@yahoo.com
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